En tierra, en humo, en polvo, en sombra, en nada

La mayor tragedia de nuestro tiempo es que nos hemos creído que somos dioses y que nuestra libertad nos permite ser independientes de Dios, autónomos y ajenos al cumplimiento de los Mandamientos. Me recuerda a la novela de Unamuno titulada Niebla, en la que el personaje se rebela contra su creador y quiere tener vida propia al margen del escritor que se la ha dado. El hombre moderno es Augusto Pérez. Este personaje va a casa de Unamuno buscando una salida para su vida y Unamuno le desengaña diciéndole al pobre Augusto que es un simple personaje de una novela y que él (Unamuno), como autor, puede hacerle morir cuando quiera.  Augusto, en su defensa, dice que quizá Unamuno también sea el personaje «nivolesco» de alguien más y que ese ente terminará con su vida cuando menos lo espere.

Unamuno plantea el encuentro de la criatura con su Creador. Y la rebelión de esta contra aquel. Ese es el hombre moderno, que no se cree criatura, sino creador de sí mismo. Y no admite dependencia alguna respecto a su creador, aun sabiendo que tu Creador te puede hacer morir cuando Él quiera. Y si no te sabes criatura dependiente en todo de tu Creador, vivirás perdido y sin rumbo: sin un fin en la vida.

Andrés Hurtado, el protagonista de El árbol de la ciencia de Baroja lo definía así: «Uno tiene la angustia, la desesperación de no saber qué hacer con la vida, de no tener un plan, de encontrarse perdido, sin brújula, sin luz adonde dirigirse».

No hay un Dios ni un fin que dé sentido a la vida. Y la consecuencia lógica es la desesperación y el vómito nihilista. No existe Dios. No hay un cielo ni un infierno: «el infierno son los otros», como decía Sartre.

No existe una moral objetiva aceptada por todos porque aceptar los Mandamientos implicaría aceptar una dependencia de Dios. Y el hombre luciferino no obedece ni sirve a Dios, sino que se da leyes morales a sí mismo, según convenga.

Lo único que sabemos es que vamos a morir y que existe el dolor y el sufrimiento. Pero ese dolor y ese sufrimiento no es redentor, sino que se ve como una condena que nos negamos a aceptar y de la que huimos como de un nublado. Por eso la eutanasia. La felicidad de una muerte epicúrea, sin dolor, como la de Andrés Hurtado en la novela barojiana. «Disfrutemos de la vida, demos rienda suelta a las pasiones. No hay mandamientos ni Dios ni castigo ni premio. Huyamos del dolor y de la desesperación con las drogas y la borrachera dionisíacas. Busquemos paraísos artificiales donde seamos felices, al menos por un instante. Y cuando ya no haya nada que gozar, que la muerte aparezca, liberadora del dolor indeseado. «Vive rápido, muere joven y deja un bonito cadáver». Disfruta mientras puedas. Goza, diviértete… antes de que sea demasiado tarde…

goza cuello, cabello, labio y frente,
antes que lo que fue en tu edad dorada
oro, lirio, clavel, cristal luciente,

no sólo en plata o víola troncada
se vuelva, mas tú y ello, juntamente,
en tierra, en humo, en polvo, en sombra, en nada.

Y así estamos. Hemos construido entre todos la Nueva Sodoma: niñas y niños disfrazadas de putas desfilan en el carnaval de Torrevieja. Aparecen niños abandonados y muertos en contenedores de basura o en vertederos. Miles de niños son abortados cada año con la indiferencia y la aquiescencia de una sociedad enferma de maldad, de inmoralidad y de satanismo.

El mundo de los sindiós es así: putrefacto, asqueroso, perverso, decadente, maligno, cruel, pérfido, inhumano.

Y ahora, la Iglesia Modernista, pútrida de modernidad, se dedica a bendecir parejas de homosexuales, que por supuesto, se quieren; a dar la comunión a todos: incluidos los que viven en pecado mortal por adulterio o fornicación. Y ahora van a por el diaconado femenino (como paso previo a la consagración de sacerdotisas, obispas y cardenalas) y a por la eliminación del celibato obligatorio para los sacerdotes.

Dice el Papa que quiere desmasculizar la Iglesia: ¡Pero si está llena de afeminados, sarasas y maricones! Lo que hace falta es una Iglesia viril, capaz de afrontar y confrontar con el mundo. Hace falta una Iglesia de hombres recios y valientes que no se acojonen ante los impíos sindiós y que les hagan frente con las armas de la fe. Hacen falta hombres que, rosario en mano, reparen y combatan por nuestras calles tanto mal y tanto pecado.

Y mientras tanto, el rector del seminario de la diócesis del cardenal Marx pide aceptar homosexuales en los seminarios, el jesuita James Martin sigue bendiciendo parejas de homosexuales; otro jesuita, Josep Baquer, defiende que si hay amor entre dos personas homosexuales «viene de Dios» y Mons. Paglia y la abortista Maria Mazzucato rechazan las críticas de los provida. Yo creo que lo mejor que se podría hacer con la Academia Pontificia por la Vida de Paglia sería demolerla y que no quedara piedra sobre piedra.

Memento mori. Somos criaturas de Dios. Somos polvo y al polvo hemos de volver. Nuestra vida está en manos de la voluntad de Dios. Y cuanto más me acerco a la muerte, más libre soy, porque sólo me importa lo que Dios quiera de mí. Y no tengo que quedar bien con nadie bajo el sol. Cuanto más cerca Dios, más libre. Cuanto más unido a Cristo, más feliz.

Recordad que todos vamos a morir y no hagamos como el rico necio:

El terreno de un hombre rico produjo una buena cosecha. 17 Así que se puso a pensar: “¿Qué voy a hacer? No tengo dónde almacenar mi cosecha”. 18 Por fin dijo: “Ya sé lo que voy a hacer: derribaré mis graneros y construiré otros más grandes, donde pueda almacenar todo mi grano y mis bienes. 19 Y diré: Alma mía, ya tienes bastantes cosas buenas guardadas para muchos años. Descansa, come, bebe y goza de la vida”. 20 Pero Dios le dijo: “¡Necio! Esta misma noche te van a reclamar la vida! ¿Y quién se quedará con lo que has acumulado?”.

El mundo de hoy está lleno de ricos insensatos que sólo desean descansar, comer, beber y gozar de la vida (sobre todo del sexo). Pero Dios es el Señor y dador de Vida. Y Él tiene contados los días de nuestra vida y nadie puede añadir o quitar ni un instante a lo que Dios tenga dispuesto. Por eso, no seamos necios y estemos siempre preparados en gracia de Dios. Aprovechemos la cuaresma para convertirnos: confesión, penitencia, comunión en gracia de Dios y caridad. Oración, ayuno y limosna.

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