Compartimos el artículo que el profesor César Félix Sánchez Martínez* nos ha enviado, considerándolo de sumo interés:
La última noticia en la guerra contra la liturgia tradicional librada por las autoridades eclesiásticas es el anuncio de la excomunión de, al menos, los sacerdotes que celebren el rito de san Pío V fuera del único lugar designado por monseñor Carlos Alberto Breis Pereira, el arzobispo de Maceió, en Alagoas, Brasil. Según una nota oficial, cualquier otra celebración será vista como un «acto de cisma público» e implicaría un excomunión automática.
Más allá de la chapuza legal –que, por ejemplo, ignora que el derecho canónico «recomienda encarecidamente» a todo sacerdote sobre el que no pese ninguna sanción a celebrar la santa misa con frecuencia (c. 904), en un lugar sagrado o, si la necesidad lo indica, en cualquiera que sea digno (c.932), sin hacer referencia a ningún rito o uso específico– está la monstruosidad doctrinal: ¿cómo podría ser, en sí, la celebración de la misa católica un acto de cisma?
Cabe señalar que, contra lo que podrían decir los lamentables defensores de lo indefendible, esta medida no está orientada directamente contra la FSSPX –que últimamente se ha convertido en un blanco seguro para los que quieren hacer «buena letra» con una jerarquía que los desprecia –: Maceió está a más de 800 kilómetros del centro de la FSSPX más cercano, en Fortaleza, donde se celebra misa el último domingo de cada mes.
Parece ser que el objetivo inmediato de una medida de estas características es amedrentar al clero de Maceió y frenar la acción de las múltiples grupos católicos de laicos tradicionales que están floreciendo a lo largo de Brasil desde hace ya varios años (de ahí la referencia explícita en la nota oficial «a las asociaciones civiles» donde no debe celebrarse la misa). Ante este panorama, surge la pregunta: si la misa tradicional es así de perniciosa, ¿por qué, entonces, permite su celebración?
En esencia, monseñor Breis Pereira no ha querido más que poner en acto con una pena canónica fulminante –la más grave de todas–, aquello que es, ya desde hace algunos años, la clara intención de los vértices más altos de la jerarquía de la autodenominada «Iglesia sinodal»: extinguir la misa tradicional.
Por ahí se dice que ahora «no existe estado de necesidad» porque en Arizona o en Lancashire existe algún instituto de la extinta Ecclesia Dei que «funciona como si nada hubiera pasado» luego de la abolición de Summorum Pontificum. Esta actitud se asemeja a la de un condenado a muerte que, en las escaleras del cadalso, sostiene que no hay ninguna emergencia que requiera de acciones extraordinarias y que su cuello está muy seguro solo por el hecho de que todavía no lo han puesto en la tabla de la guillotina.
Mas para conocer las intenciones de las autoridades respecto a la misa tradicional, conviene revisar la carta a los obispos del papa Francisco que acompaña a Traditionis Custodes, donde manifiesta claramente sus intenciones con ese motu proprio: «Sobre todo, os corresponde trabajar por la vuelta a una forma unitaria de celebración, verificando caso por caso la realidad de los grupos que celebran con este Missale Romanum. Las indicaciones sobre el modo de proceder en las diócesis están dictadas principalmente por dos principios: por un lado, prever el bien de quienes están arraigados en la forma de celebración anterior y necesitan tiempo para volver al Rito Romano promulgado por los santos Pablo VI y Juan Pablo II (…)». Es decir, la intención del papa Francisco es la extinción final, en el plazo en que se pueda, del misal de san Pío V, es decir, de la liturgia romana clásica.
Ya bajo el presente pontificado, durante el consistorio de enero de 2026, el prefecto del Dicasterio del Culto Divino, cardenal Arthur Roche, actuando evidentemente en nombre del papa León XVI, distribuyó entre los cardenales una carta que reafirmaba claramente esa intención: «El uso de los libros litúrgicos que el Concilio buscó reformar fue, desde San Juan Pablo II hasta Francisco, una concesión que de ninguna manera preveía su promoción. El Papa Francisco —aun concediendo, de acuerdo con Traditionis Custodes, el uso del Missale Romanum de 1962— señaló el camino hacia la unidad en el uso de los libros litúrgicos promulgados por los santos papas Pablo VI y Juan Pablo II, de acuerdo con los decretos del Concilio Vaticano II, expresión única de la lex orandi del Rito Romano».
Así, más allá de posibles imprudencias accidentales, el arzobispo de Maceió está en perfecta unidad de intenciones con los últimos pontífices.
Curiosamente, el 12 de enero de 2026, casi un mes antes de este anuncio, el arzobispo Breis Pereira tuvo una audiencia privada con León XIV. Y, aunque hubo delegaciones de la conferencia episcopal brasileña que tuvieron reuniones colectivas con el papa, ni en el boletín ni en la prensa se anunció ninguna otra reunión particular con ningún otro prelado; así que parece que había alguna razón importante para esa cita privada. Conocemos de la reunión por la prensa brasileña local, que destacó el extraño regalo que le hizo dom Pereira al Papa: un esqueleto de pescado con una mancha en forma de crucifijo. Un bagre, para ser exactos, pez comestible común en el país. No conocemos de ningún caso en que los restos de un pescado, probablemente comido por alguien, hayan sido entregados dentro de una urna de cristal a un Papa para su ¿veneración? Esperemos que este objeto no sea parte de las extrañas «devociones» que, desde el Sínodo de la Amazonía, surgen de esos lugares del mundo y son extrañamente abrazadas por la Sede Romana. En fin: Quos Deus vult perdere prius dementat
No es extraño que León XVI tenga reuniones con obispos de diócesis discretas de países grandes donde luego comienzan a ocurrir cosas extrañas. Es ya conocido el caso de Charlotte, en Estados Unidos, donde el obispo Michael Martin no solo suprimió las cuatro misas tradicionales que se celebraban en su diócesis, reduciéndolas a un solo lugar, sino también inició un proceso de desmantelamiento de todo lo que recuerde aun de la manera más vaga a los usos tradicionales de la Iglesia, empezando por los reclinatorios y comulgatorios.
Llama bastante la atención que monseñor Martin tuviera en abril, justo en el mes anterior a su elección como papa, una reunión privada, «one-on-one», con el entonces cardenal Prevost, en la que este se manifestó bastante «interesado por lo que pasaba en Charlotte». Según The Pillar, en esa reunión el cardenal le exhortó a continuar, aunque con más lentitud, en el proceso de reformas, que incluirían «la prohibición de las vestiduras romanas, de los crucifijos de altar y de las velas (…), el uso de latín y la recitación de las oraciones para revestirse».
Tanto Charlotte como Maceió guardan interesantes parecidos: son ciudades de cerca de un millón de habitantes, con un número muy semejante de sacerdotes (cerca de 150), un tanto fuera del circuito de las sedes más importantes de países fundamentales en la política eclesiástica universal. Serían campos de prueba excelentes si se quisiera hacer un ensayo de aplicación de medidas que luego puedan implementarse en ámbitos mayores.
Sea lo que fuere, el asunto de Maceió, con la persecución a la misa tradicional (que, en sí, jamás podría ser cismática) y la aparición de esos extraños objetos como el bagre pontificio o la estatua de la Pachamama, nos habla de algo muy inquietante, que ya llevada décadas ocurriendo, pero que ahora parece alcanzar su extremo más grotesco: la aparición, incluso en el lugar santo, de un sistema religioso que nuestros padres no conocieron (Daniel 11:38).

* César Félix Sánchez Martínez es doctor en humanidades por la Universidad de Piura, ha investigado sobre literatura virreinal, escolástica tardía e historia de las ideas en Hispanoamérica. Se desempeña como profesor del Departamento de Filosofía de la Universidad Nacional de San Agustín de Arequipa. Es presidente de la filial arequipeña de la Sociedad Internacional Tomás de Aquino.

Esposo y padre de familia. Presidente de la Asociación Civil Educativa Domus Aurea y director de Empel Academy y la Corporación Educativa Familiar El Alcázar, proyectos para la promoción de una educación católica, hispánica y humanística.
