LA GRAN TRAICIÓN: Los papeles de don Miguel

NOTA PREVIA DEL EDITOR: UN NECESARIO DESCARGO DE CONCIENCIA

Por Pedro Luis Llera

Cumplo con el deber de la caridad cristiana de dar voz a mi viejo amigo y maestro Miguel Lafuente, con quien siempre estaré en deuda. Pero debo confesar antes de seguir adelante —y quiero que esto quede meridianamente claro ante mis lectores y ante la autoridad competente— que no comparto ni la letra ni el espíritu de su amarga diatriba.

Don Miguel, en su retiro, vivía su ancianidad encerrado en su biblioteca, ajeno a la “primavera” que disfrutamos en la Iglesia desde hace sesenta años. Él había sido testigo privilegiado del Concilio y del Posconcilio y, antes de morir, quiso dejar por escrito sus tristezas y sus angustias por lo que él creía que era un declive imparable de la Iglesia.

Don Miguel había nacido en Santander, mucho antes de que se llamara Cantabria, y vivió a caballo entre Vigo, Salamanca y Alcalá de Henares. Sus últimos años, llenos de tristeza y amargura, supusieron para él un verdadero calvario y una angustia permanente. El ensayo inédito que ahora les ofrezco lo encontré entre los papeles del difunto profesor.

El señor Lafuente, desgraciadamente, se había quedado anclado en viejos esquemas tridentinos y tomistas y no había sabido —como nos pide el Magisterio actual— dejarse sorprender por el Espíritu.

Yo, personalmente, me adhiero sin fisuras al magisterio de León XIV, que nos ha recordado recientemente que el Concilio Vaticano II es «la estrella polar del camino de la Iglesia».

Ya San Juan XXIII describió el Concilio como «la aurora de un día de luz para toda la Iglesia». Y san Pablo VI sentenció que, gracias al Concilio, «la Iglesia se hace palabra, mensaje y diálogo». De ahí brota el compromiso con el ecumenismo, el diálogo interreligioso y el encuentro con todas las personas de buena voluntad. Todos estamos llamados a redescubrir «la belleza y la importancia» de un acontecimiento que san Juan Pablo II definió como «la gran gracia de la que la Iglesia se ha beneficiado en el siglo XX».

A partir de una profunda reflexión bíblica, teológica y litúrgica, el Vaticano II permitió redescubrir el rostro de Dios como Padre, presentó a la Iglesia como misterio de comunión y promovió una decisiva reforma litúrgica centrada en la participación activa del Pueblo de Dios.

Frente al «Misterio de Iniquidad» que denuncia don Miguel, yo prefiero quedarme con la Iglesia que «se hace palabra, mensaje y diálogo». Una Iglesia de puertas abiertas, solidaria con las «esperanzas y angustias» de la humanidad, y comprometida con la Agenda 2030 y con la construcción de una sociedad más justa y fraterna, de la mano de la ONU.

Publico, pues, este texto como muestra de la amistad que me unía a don Miguel desde hace tantos años. Pago así la deuda de gratitud que le debía a mi entrañable maestro, advirtiendo al mismo tiempo que sus tesis me parecen exageraciones propias de quien no ha entendido que hoy estamos llamados a ser «alegres anunciadores del Evangelio» y «valientes testigos de paz». Su tono exaltado, avinagrado y provocador no me agrada; ni tampoco les gustará, a buen seguro, a muchos de mis lectores, acostumbrados como están a mi estilo sobrio, prudente y sin estridencias, poco amigo de polémicas y controversias.

El espíritu conciliar, que tan buenos frutos ha dado en los últimos 60 años, debe seguir inspirando la vida espiritual y pastoral de la Iglesia frente a los desafíos actuales: aún queda camino por recorrer en la reforma eclesial, especialmente en lo que se refiere al sacerdocio femenino y a la acogida y la bendición amorosa de todos, todos, dentro de la Iglesia.

Allá cada cual con su conciencia. Yo me quedo con la alegría y la luz. Les dejo con el tono apocalíptico, faltón y demoledor del señor Lafuente, que con los años perdió la mesura y los papeles; y, así, no deja títere con cabeza. Su tono desabrido y camorrista; osco y montaraz, no les dejará indiferentes y les invitará a la reflexión, espero que desde la caridad y la búsqueda de la verdad que nos hace libres. Que Don Miguel, que tanto sufrió por la Iglesia, descanse en paz.


LA GRAN TRAICIÓN

Por Miguel Lafuente

 De la soberbia kantiana a la apostasía

La Iglesia Católica no atraviesa una crisis; atraviesa una Pasión. Lo que vemos hoy no son meros «errores pastorales» ni «deslices» de una jerarquía confundida. No. Estamos ante el desenlace lógico y tenebroso de un plan de demolición sistemática. La Esposa de Cristo ha sido infiltrada, violada y prostituida por una casta de apóstatas que, vestidos de púrpura, sirven al mundo y a su Príncipe, mientras pisotean la Sangre del Cordero. Es hora de llamar a las cosas por su nombre: estamos ante la abominación de la desolación.

El Catecismo de la Iglesia Católica explica la Pasión de la Iglesia con estas palabras:

675 Antes del advenimiento de Cristo, la Iglesia deberá pasar por una prueba final que sacudirá la fe de numerosos creyentes (cf. Lc 18, 8; Mt 24, 12). La persecución que acompaña a su peregrinación sobre la tierra (cf. Lc 21, 12; Jn 15, 19-20) desvelará el «misterio de iniquidad» bajo la forma de una impostura religiosa que proporcionará a los hombres una solución aparente a sus problemas mediante el precio de la apostasía de la verdad. La impostura religiosa suprema es la del Anticristo, es decir, la de un seudo-mesianismo en que el hombre se glorifica a sí mismo colocándose en el lugar de Dios y de su Mesías venido en la carne (cf. 2 Ts 2, 4-12; 1Ts 5, 2-3;2 Jn 7; 1 Jn 2, 18.22).

Y  San Pablo, en su Segunda Carta a Timoteo, pone el dedo en la llaga:

« vendrá un tiempo en que los hombres no soportarán la doctrina sana, sino que, arrastrados por su propias pasiones, se harán con un montón de maestros por el prurito de oír novedades; apartarán sus oídos de la verdad y se volverán a la idolatría y a los mitos paganos».

Esos tiempos de apostasía, de glorificación y divinización del propio hombre ya están aquí.

Para entender cómo hemos llegado a esta cloaca, debemos rastrear la genealogía del error.

1. La Semilla del Mal: El «Non Serviam» de la Autonomía Kantiana

Todo comenzó con una mentira filosófica. Immanuel Kant, el patriarca del racionalismo moderno, inyectó en las venas de Occidente el virus de Lucifer: la autonomía. Al decretar que la razón práctica humana debe darse a sí misma la ley moral, Kant expulsó a Dios de la ética.

La dignidad del hombre, según este sistema perverso, ya no reside en obedecer la Ley Eterna de Dios (heteronomía), sino en ser el único legislador de su propia conducta. Es la traducción filosófica del pecado original: el hombre decide lo que es bueno y lo que es malo. De ahí brota el liberalismo, que prioriza los «derechos» de una conciencia soberbia sobre los Derechos de Dios, sentando las bases del ateísmo práctico.

2. La Estructura Social: La Masonería y la Religión de la Humanidad

Esta soberbia intelectual encontró su vehículo perfecto en la Masonería.

La masonería, lejos de ser atea, es profundamente religiosa, pero a su manera. Su invocación al «Gran Arquitecto del Universo» no es inocua; es una noción deliberadamente vaga, diseñada para amalgamar a deístas, racionalistas y creyentes tibios, excluyendo únicamente a quien confiese que Jesucristo es el único Dios y Salvador. Las logias no necesitan negar a Dios explícitamente; les basta con arrinconarlo como un «Gran Arquitecto» mudo y vago, aceptable para cualquier deísta, mientras construyen su verdadera obra: la Torre de Babel moderna.

Esta vaguedad teológica es la madre del indiferentismo religioso. En la logia, como en la sociedad liberal moderna, todas las religiones son vistas como vías equivalentes, expresiones culturales diversas de un mismo sentimiento religioso subjetivo, todas subordinadas a la «verdadera» religión superior: la de la fraternidad humana y la moral natural.

Su objetivo siempre ha sido la «fraternidad universal»: una cosmópolis regida por la razón humana y la conciencia individual, donde los dogmas católicos son vistos como tiranía. Es la «Religión de la Humanidad», un proyecto antropocéntrico que relega a Cristo a un plano secundario y promueve el indiferentismo religioso. Para el masón, todas las religiones son iguales, simples caminos culturales hacia una fraternidad terrena.

La Iglesia, que antes combatía a muerte a esta secta, hoy parece haber asumido su ideario.

3. El Laboratorio Español: Krausismo, ILE y la Secta Pedagógica

Si en Europa la masonería operaba en las logias, en España, sin quitarse el mandil, se pusieron la toga de profesor. La entrada del virus liberal en el mundo hispano se produjo a través del Krausismo y la Institución Libre de Enseñanza (ILE), el verdadero laboratorio de la apostasía nacional.

  • La trampa del Panenteísmo: Importado de Alemania, el krausismo proponía que «todo está en Dios y Dios está en todo». Bajo una apariencia de espiritualidad, este panenteísmo borraba la distinción entre Creador y criatura. Este «Dios inmanente» es el abuelo directo de la actual «ecolatría» vaticana y de la espiritualidad panteísta de la «Madre Tierra».
  • La Secta de Giner de los Ríos: Fundada por el masón Francisco Giner de los Ríos, la ILE no fue una simple escuela, sino una máquina diseñada para arrancar la Fe católica del alma de España. Su objetivo era crear una nueva élite intelectual, laica y racionalista, que despreciara el Dogma.
  • La Residencia de Estudiantes: Fue el templo donde se formaron los cachorros de la Revolución. Lejos de ser neutral, funcionó como una logia educativa financiada por el Estado para descristianizar a la juventud. De allí salieron las élites que traerían la persecución religiosa, imbuidas de una ética laica donde el hombre se perfecciona a sí mismo sin necesidad de los Sacramentos.

4. La Quinta Columna Política: Maritain y la Traición Democristiana

Pero el enemigo no habría triunfado políticamente si alguien no le hubiera abierto la puerta desde dentro. Ese traidor tiene nombre: Jacques Maritain. Con su nefasto «Humanismo Integral«, convenció a la élite de la intelectualidad católica de que la Cristiandad tradicional estaba caduca y de que había que abrazar la democracia liberal.

Maritain y la Democracia Cristiana son los culpables políticos del desastre. Constituyen un oxímoron viviente: el «catolicismo liberal». Bajo la excusa de la laicidad, entregaron el Reinado Social de Cristo a sus verdugos. Inventaron un cristianismo cómodo que renuncia a luchar por las leyes de Dios en la vida pública. Han preferido adaptar la doctrina a los «nuevos tiempos» antes que adaptar los tiempos a Cristo. El resultado está a la vista: partidos «cristianos» que legalizan el aborto y la eutanasia con más entusiasmo que la izquierda.

La democracia cristiana aceptó la separación Iglesia-Estado como un ideal y no como un mal menor y renunció a combatir por el Reinado Social de Cristo, sustituyéndolo por la defensa de los «Derechos Humanos» de corte liberal-masónico (de hecho, Maritain influyó decisivamente en la Declaración de la ONU de 1948).

La Democracia Cristiana invirtió el orden debido: en lugar de instaurar todo en Cristo (adaptar los tiempos a la Ley de Dios), se dedicó a adaptar la doctrina a los «nuevos tiempos» (el aggiornamento). Esta corriente convenció a gran parte de la jerarquía de que el orden tradicional de la Cristiandad estaba «superado» y que la Iglesia debía reconciliarse con los principios de 1789, facilitando así la ruptura que se cristalizaría en el Concilio.

Los católicos liberales españoles ponen tronos a las causas y cadalsos a las consecuencias. La mayoría de los obispos y sus medios de comunicación no dejan de alabar la Constitución Española del 78. Pero al mismo tiempo, dicen abominar de sus consecuencias: homosexualismo, feminismo radical, aborto, eutanasia, divorcio, adulterios, prostitución, pornografía…

5. El Veneno Filosófico: Personalismo y Experiencialismo

Para dar cobertura intelectual a esta traición, se promovió una falsa filosofía «católica» que ha parasitado las universidades y seminarios durante los últimos decenios: el personalismo.

Es crucial empezar por distinguir aquí que al referirnos al Personalismo, no hablamos del respeto a la persona (que es cristiano), sino del Personalismo filosófico (Maritain, Mounier y, más tarde, la escuela polaca y española) que opera una sustitución metafísica:  cambiar la pregunta ¿Qué es el hombre? (Naturaleza) por ¿Quién es el hombre? (Subjetividad/Experiencia).

El «personalismo» no es sino una variante del «yo» kantiano disfrazado de cristianismo. Los “filósofos” personalistas, aparentando ortodoxia académica y doctrinal, introducen un veneno letal: la sustitución de la Naturaleza Humana (que es dada por Dios y tiene leyes objetivas) por una noción fluida de «Persona» definida por la autodeterminación.

Su error es capital: desprecian la naturaleza humana —esa realidad objetiva, creada por Dios y herida por el pecado— para exaltar a la «persona» como pura libertad y autodeterminación.

Al afirmar que el hombre «se posee» y «se hace a sí mismo», están repitiendo el pecado de Adán. Es una antropología apóstata que niega la necesidad imperiosa de la Gracia. Si yo me autodetermino, no necesito que Dios me salve; me salvo yo solo. Esta basura intelectual es la que se enseña hoy en los seminarios, fabricando sacerdotes pelagianos que no creen en el pecado ni en el Infierno.

De aquí nace también la herejía del experiencialismo. Han destrozado la definición tomista de Fe (asentimiento del entendimiento a la Verdad Revelada) para sustituirla por el «encuentro personal» y el «sentimiento». Pero a Dios nadie lo ha visto y Kant demostró que no hay experiencia sensible de lo trascendente. Al reducir la fe a una emoción subjetiva, han convertido la religión en psicología barata y han vaciado los templos.

El éxito del modernismo en el Concilio no se explica sin la influencia del Personalismo. Esta corriente, presentándose como una superación del tomismo «árido y cosista», introdujo la subjetividad moderna en la teología.

1.      En el Concilio: El Triunfo de Gaudium et Spes 24

La definición clásica de “Persona” de Boecio («Sustancia individual de naturaleza racional») fue archivada. El Personalismo impuso una nueva visión donde la persona no se define por lo que es (su naturaleza dada por Dios y herida por el pecado), sino por su actuar y su relación.

La constitución Gaudium et Spes (GS 24) consagró la frase talismán: «El hombre es la única criatura que Dios ha amado por sí misma».  Esta afirmación es teológicamente temeraria. Dios ama a las criaturas en orden a Él. Al decir que el hombre es un fin «por sí mismo», se coquetea con la autolatría. Se desplaza el eje: la dignidad ya no viene de ser Imago Dei (imagen de Dios), sino de ser un absoluto autónomo.

2.      En el Posconcilio: La Fenomenología sustituye a la Metafísica

Tras el Concilio, el realismo de Santo Tomás fue desmantelado en los seminarios y sustituido por la Fenomenología (el estudio de la experiencia subjetiva).

Autores como Karol Wojtyla (en su etapa filosófica) y posteriormente autores como Juan Manuel Burgos con su «Personalismo Integral», desplazaron la moral: ya no se trata de adecuar la conducta a una Ley Natural objetiva (en definitiva, al Decálogo), sino de la «autorrealización» del sujeto a través de sus actos.

Si la persona «se constituye» a través de sus actos libres (como dice Burgos)[1], la naturaleza humana deja de ser una norma fija. Esto abre la puerta a la Teología del Cuerpo moderna, donde la experiencia subjetiva del amor tiende a prevalecer sobre los fines objetivos del matrimonio (procreación).


Por su importancia, hagamos un paréntesis y expliquemos este punto con más detenimiento:

1. ¿Por qué la Naturaleza deja de ser una «norma fija»?

Para entender esto, hay que contraponer la visión católica clásica (Santo Tomás) con la visión personalista moderna:

A. La Visión Clásica (El «Manual de Instrucciones»)

En el realismo tomista, la Naturaleza Humana es algo dado por Dios antes de que tú nazcas. Es como un plano arquitectónico inmutable.

  • Norma Fija: Como tienes una naturaleza específica (eres hombre), tienes unas leyes de funcionamiento específicas (Ley Natural).
  • Libertad: Tu libertad consiste en obedecer lo que eres.
  • Conclusión: Tus actos no cambian tu esencia. Un ladrón sigue siendo un hombre con la obligación de no robar. La norma está fuera y antes de su decisión.

B. La Visión Personalista (El «Lienzo en Blanco»)

 El personalismo dice que la naturaleza biológica es solo un sustrato, una base material. Lo verdaderamente humano es la Persona  y la persona se define por su Libertad (autodeterminación).

  • La Ruptura: Dicen: «Yo no soy solo lo que recibí (naturaleza), soy lo que decido ser (persona)».
  • Se «constituye»: Al decir que el hombre se «constituye» o se «hace» con sus actos, se afirma que mi identidad no está fijada de antemano. Yo soy el autor de mí mismo.
  • La Consecuencia: Si yo me construyo con mis actos, entonces la norma moral fluye de mi interior, de mi conciencia y de mi proyecto vital, no de una naturaleza «fija». La Ley Natural pasa a verse como una «imposición biológica» o un límite físico, no como la voz de Dios.
    • Ejemplo radical: La ideología de género es el hijo bastardo de esto. «Mi biología dice hombre, pero mi autodeterminación dice mujer. Como yo me constituyo, prevalece mi voluntad sobre mi naturaleza».

2. Diferencia entra la libertad tomista y la personalista

1. La Libertad Católica (Santo Tomás)

  • Definición: Es la facultad de moverse hacia el Bien. Es un medio, no un fin.
  • Relación con la Naturaleza: La libertad está subordinada a la Verdad de lo que somos. Yo soy libre para realizar mi naturaleza humana (ser virtuoso, santo).
  • Mecánica: La voluntad sigue al intelecto (Nihil volitum quin praecognitum). Primero conozco la norma objetiva (Verdad) y luego mi libertad se adhiere a ella.
  • Resumen: «Soy libre cuando obedezco la realidad de mi ser creado por Dios.»

2. La Libertad Personalista

  • Definición: Es Autodeterminación. Es la capacidad de «disponer de uno mismo» y de «poseerse».
  • El Giro Subjetivo: Wojtyla, influido por Kant y Scheler, pone el foco en la experiencia del sujeto. No mira tanto «hacia afuera» (la norma), sino «hacia adentro» (la vivencia de elegir).
  • La «Constitución» del Yo:
    • Wojtyla[2]: Como establece en el capítulo III de ‘Persona y Acción’, el acto libre implica que el sujeto ‘decide sobre sí mismo’ (BAC, 1982, p. 126), convirtiéndose en objeto de su propia voluntad. Esta tesis fue radicalizada posteriormente por la escuela personalista española.
    • Burgos[3]: en su ‘Introducción al personalismo’, llega a afirmar que la libertad otorga al hombre la capacidad de ‘crearse a sí mismo’ (p. 205), contraponiendo esta creatividad a una naturaleza humana que considera ‘fáctica y pasiva’. Es precisamente esta ruptura ontológica la que permite hoy afirmar que la conciencia subjetiva prevalece sobre la norma objetiva. Si el hombre se crea a sí mismo, la Ley Natural desaparece y la Gracia se vuelve superflua.
  • El Peligro: Si la libertad «construye» a la persona, entonces la Conciencia (el lugar donde decido) se vuelve más importante que la Ley (la norma externa).
    • Consecuencia: Esto explica por qué hoy se dice que hay que «acompañar» la conciencia de la gente en pecado (Amoris Laetitia), en lugar de corregirla con la Ley de Dios. Para el personalismo, violar la conciencia del sujeto es más grave que violar la norma objetiva.

En conclusión: Mientras Santo Tomás dice que la libertad es servir a la Verdad, el personalismo dice que la libertad es crearse a uno mismo (aunque digan que es para el bien). Es un cambio sutil pero letal: se pasa de la primacía del Logos (Razón/Dios) a la primacía de la Voluntad (Querer/Hombre).

3. La Relación con la Teología del Cuerpo (El Giro en el Matrimonio)

Aquí es donde el peligro se vuelve sutil y entra en la teología matrimonial, preparando el terreno para Amoris Laetitia.

La Teología del Cuerpo (desarrollada por Juan Pablo II basándose en la fenomenología) trata de explicar la moral sexual no desde la prohibición o la biología, sino desde la «experiencia subjetiva del amor» y el significado personal.

A. La Inversión de los Fines del Matrimonio

  • Doctrina Tradicional: El fin primario es la procreación y educación de los hijos. El fin secundario es la ayuda mutua y el remedio de la concupiscencia. La jerarquía es intocable: el placer y la unión están al servicio de la vida.
  • Teología del Cuerpo (Personalista): Pone el énfasis en el significado unitivo (el amor, la donación de las personas, la «comunión»). Evita hablar de jerarquías.
    • El foco cambia: de la finalidad objetiva (hijos) a la calidad subjetiva de la relación (¿se aman? ¿se donan? ¿es un acto libre?).

B. Por qué esto es peligroso (El puente a la herejía)

Si lo que valida moralmente el acto sexual es que sea una «donación personal sincera» (experiencia subjetiva) y no tanto su apertura biológica a la vida (norma fija):

  1. Justificación de lo irregular: Se empieza a decir que lo importante es que los esposos «se amen» y se «entreguen».
  2. El salto a Amoris Laetitia: Si una pareja de divorciados vueltos a casar, o incluso una pareja homosexual (Fiducia Supplicans), se «ama», se «cuida» y experimenta una «donación personal», el personalismo tiene dificultades para condenarlo. ¿Por qué? Porque desde el punto de vista de la «autodeterminación» y el afecto subjetivo, están cumpliendo la norma personalista (se aman), aunque estén violando la norma natural (adulterio o sodomía). Y aquí nos topamos de nuevo con la «moral de situación».

El personalismo, al centrar la moral en la «vivencia del sujeto» y su «autodeterminación», devalúa la realidad natural objetiva. En el matrimonio, esto significó dejar de mirar si el acto estaba abierto a la vida (criterio objetivo) para mirar si el acto era «expresión de amor» (criterio subjetivo). Y como el «amor» es un sentimiento que cada uno define en función a su situación particular, se abre la puerta a justificar cualquier unión donde hubiera afecto, destruyendo la moral objetiva.

(Fin del excurso)

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3. La Conexión con la Crisis Actual

El personalismo es el padre intelectual de la confusión actual:

  • Si la persona es un «absoluto», la conciencia subjetiva se vuelve el árbitro final (como vemos en Amoris Laetitia).
  • Si lo que define a la persona es la «relación» y el «amor» (y no la naturaleza), entonces cualquier relación donde haya «afecto» reclama derechos (como vemos en la bendición de uniones homosexuales). Aquí tenemos la repugnate  «moral de situación» (que veremos más adelante): la bomba atómica necesaria para destruir la moral católica.

Conclusión: El Personalismo fue la herramienta filosófica para pasar del Teocentrismo (Dios  en el centro) al Antropocentrismo (el Hombre en el centro), justificando el culto al hombre bajo apariencia cristiana.

De aquí nace también la herejía del experiencialismo. Han destrozado la definición tomista de Fe (asentimiento del entendimiento a la Verdad Revelada) para sustituirla por el «encuentro personal» y el «sentimiento». Pero a Dios nadie lo ha visto y Kant demostró que no hay experiencia sensible de lo trascendente. Al reducir la fe a una emoción subjetiva, han convertido la religión en psicología  y han vaciado los templos y los seminarios.

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6. El Gran Prestidigitador: Karl Rahner y la Estafa del «Cristiano Anónimo»

Si el personalismo puso la filosofía, el jesuita Karl Rahner puso la teología para justificar la inacción apostólica. Este hombre es el sepulturero de las misiones católicas. Su teoría del «cristiano anónimo» es una de las mayores estafas intelectuales de la historia de la Iglesia y la madre de todas las herejías modernas.

La mentira del «Existencial Sobrenatural»

Rahner retorció a Santo Tomás para inyectarle el veneno de Heidegger y Kant. Inventó que todo hombre, por el mero hecho de existir, ya posee la Gracia de forma constitutiva. Según él, la naturaleza pura no existe; todos vivimos inmersos en la gracia, lo sepamos o no.

Según Rahner, el mero acto de asumir la propia condición humana conlleva, de facto, una aceptación tácita de Cristo. Se argumenta que, al decir «sí» a la propia existencia y al misterio del hombre —que es objeto del amor divino— se realiza un acto de fe implícita en el Verbo Encarnado, en quien la naturaleza humana y la divina se han unido para siempre.

En esta línea, el amor al prójimo se eleva a categoría teologal absoluta. Basándose en una interpretación particular de Mateo 25 («tuve hambre y me disteis de comer»), se postula que la acogida radical del «otro» equivale a la acogida de Dios: aquí tenemos uno de los fundamentos de la Teología de la Liberación Marxista.

Karl Rahner sostiene que un amor incondicional hacia el ser humano contiene, de forma latente, la fe y la caridad cristianas, aunque el sujeto no sea consciente de ello. Así, la distinción entre los dos mandamientos (amor a Dios y amor al prójimo) se difumina hasta unificarse: bajo esta óptica, quien ama al hombre ya ha cumplido la Ley divina.

Esta es la partida de defunción de las misiones. Estamos ante un naturalismo radical disfrazado de piedad:

  1. La Herejía de la Identificación: Al afirmar que «aceptar la propia existencia» es «aceptar a Cristo», se elimina la necesidad de la Gracia Sobrenatural. El hombre, por sus solas fuerzas naturales (psicológicas), se «salva» a sí mismo aceptándose. Esto es pelagianismo.
  2. La Falsificación de la Caridad: Amar al prójimo es un mandamiento, sí, pero no sustituye al Primer Mandamiento (Amar a Dios sobre todas las cosas). Un ateo filántropo puede amar al hombre por humanismo, pero eso no es Caridad teologal, pues le falta el motivo formal: amar a Dios por sí mismo y al prójimo por amor a Dios. Rahner confunde la filantropía horizontal con la vida de la Gracia.
  3. Consecuencia Práctica: Si todo esto fuera verdad, la Iglesia sería superflua. ¿Para qué bautizar, confesar o predicar el Evangelio si todo hombre honesto ya es un «cristiano anónimo» salvado por su «amor incondicional»? Esta doctrina ha vaciado los seminarios y ha convertido a la Iglesia en una ONG.

Podemos resumir la trampa mortal del «Cristianismo Anónimo» en tres puntos:

  1. Naturalismo disfrazado: Convierte un acto puramente natural y psicológico («aceptar la propia existencia») en un acto sobrenatural de fe («aceptación implícita de Cristo»).
  2. Pelagianismo existencial: Si basta con «aceptarse a uno mismo» y  ser una «buena persona» que ama al prójimo para cumplir la Ley y acoger a Cristo, entonces la Cruz es superflua. No hace falta la Sangre de Cristo, ni el Bautismo, ni la Iglesia; basta con ser un «buen hombre».
  3. Falsificación de Mateo 25: Jesús dice «lo que hicisteis a uno de estos…», refiriéndose a la caridad hecha por amor a Él (aunque sea implícito en el juicio), pero Rahner invierte la carga: convierte la filantropía horizontal en teologal por sí misma, sin necesidad de la Gracia.

La Sombra de Rahner sobre el Concilio: El Arquitecto de la Ruptura

Karl Rahner actuó como el «cerebro gris» detrás del giro antropológico del Vaticano II. Su concepto clave, el «Existencial Sobrenatural»: la idea de que la Gracia es un constitutivo de la naturaleza humana y no un don sobreañadido que se pierde por el pecado. Ese  es el hilo conductor que une los tres documentos más problemáticos.

1. Rahner y Gaudium et Spes: La Divinización del Hombre

Es en esta constitución donde la huella de Rahner es más profunda y letal.

  • El Principio Rahneriano: Rahner sostenía que la naturaleza humana está «siempre y en todo lugar» abierta y penetrada por la Gracia, independientemente del Bautismo.
  • La Consecuencia: Si la unión con Dios se da por el hecho de ser hombre (Encarnación) y no por la fe y los sacramentos (Redención), entonces la Iglesia deja de ser necesaria para la salvación y se convierte en un mero «sacramento» (signo) de una unidad que el mundo ya posee. Esto fundamenta el optimismo antropológico del documento que ignora la realidad del pecado y abre la puerta a convertir el catolicismo en la religión universal que necesita el globalismo masónico.
  • La Trampa de la Autonomía (GS 17): El documento afirma que «Dios ha querido dejar al hombre en manos de su propia decisión». Interpreta esto de forma kantiana, exaltando la conciencia por encima de la Verdad e ignorando la herida mortal del pecado original y la necesidad absoluta de la Gracia.
  • La Herejía del Anonimato (GS 22): La afirmación de que «El Hijo de Dios con su encarnación se ha unido, en cierto modo, con todo hombre» es el huevo de la serpiente. Si Cristo ya está unido a todos por el mero hecho de nacer, el Bautismo es superfluo y las misiones son inútiles.

2. Rahner y Nostra Aetate: La Legitimación de las Falsas Religiones

Para que la teoría del «Cristiano Anónimo» funcionara, Rahner necesitaba que las religiones no cristianas fueran vistas no como obstáculos, sino como vehículos de esa gracia universal.

  • El Principio Rahneriano: Si todo hombre tiene fe implícita por aceptar su propia humanidad, las religiones a las que pertenecen son expresiones sociales válidas de esa fe anónima.
  • La Traducción Conciliar (NA 2): El reconocimiento de «destellos de verdad» y la negativa a condenar los errores de estas religiones beben directamente de la necesidad de validar el «cristianismo anónimo».
  • La Consecuencia: Se pasa de la misión (convertir a los paganos para salvarlos) al diálogo (reconocer que ya están salvados a su manera). Rahner dio el sustento teológico para que el budismo o el islam fueran vistos como vías de salvación queridas por Dios.
  • De Nostra Aetate a la Abominación de Asís: El «aprecio» conciliar por las falsas religiones desembocó en los sacrílegos encuentros de Asís. Allí vimos al Vicario de Cristo poniendo al Dios Verdadero al mismo nivel que los ídolos de los gentiles, humillando al Redentor en una pantomima sincretista.
  • La Herejía de Abu Dabi: Esta traición culminó en el Documento sobre la Fraternidad Humana firmado por Francisco en Abu Dabi, donde se afirma blasfemamente que «el pluralismo y la diversidad de religión es una sabia voluntad divina». Esta es una pura mentira blasfema y sacrílega:  Dios permite el mal, pero no quiere el error. Afirmar que Dios quiere el Islam o el Budismo es negar que Cristo sea el único Salvador.

3. Rahner y Dignitatis Humanae: La Entronización de la Conciencia

La inversión del derecho público de la Iglesia requería un cambio en la noción de verdad y libertad.

  • El Principio Rahneriano: Para Rahner, la revelación no viene solo «de fuera» (dogmas), sino que ocurre en la subjetividad de la conciencia, que es el lugar del encuentro con el Misterio. Por tanto, la libertad de esa conciencia es sagrada, incluso si está en el error.
  • La Traducción Conciliar: El paso de los «derechos de la Verdad» a los «derechos de la Persona» refleja este subjetivismo trascendental. La dignidad ya no depende de estar en la Verdad y en gracia de Dios, sino de la mera subjetividad humana. Bajo el título de «libertad religiosa», la jerarquía renunció a pedir que las naciones aceptaran la soberanía de Dios y de su Ley Eterna y Universal, asumiendo el principio liberal de neutralidad y destronando a Cristo Rey.

En síntesis: Rahner inyectó el veneno del subjetivismo (Dignitatis Humanae), del indiferentismo (Nostra Aetate) y del naturalismo (Gaudium et Spes), creando la «tormenta perfecta» que hoy devasta a la Iglesia.


7. La Moral de Situación: El Golpe de Gracia a la Ley de Dios

La consecuencia ética del giro antropológico conciliar es la Moral de Situación, cuyo dogma es: «No hay actos intrínsecamente malos, todo depende de las circunstancias y de la intención». Esta herejía, condenada por San Juan Pablo II en Veritatis Splendor, ha sido rehabilitada para demoler la moral católica.

Lo único importante es el amor. Se argumenta falazmente: «¿Por qué han de ser pecado las relaciones homosexuales, si se aman?». Bajo este prisma, el adulterio es bueno si «reconstruye la vida afectiva» y la sodomía es loable si hay «ayuda mutua». El sentimiento subjetivo se pone por encima del Mandamiento objetivo.

La moral de situación aplica el principio inmoral de que el fin justifica los medios. Si el fin es el amor, vale todo: podemos justificar el aborto en nombre del amor y la compasión. Y lo mismo se puede hacer con el adulterio, la blasfemia, la eutanasia o cualquier otra barbaridad. La conciencia individual y las circunstancias personales lo pueden justificar todo en nombre del amor.

El Mecanismo: Amoris Laetitia y el «Discernimiento»

Si el Concilio puso los cimientos teóricos, la exhortación apostólica Amoris Laetitia (especialmente su capítulo VIII) fue la demolición operativa de la moral.

  • El fin de los absolutos morales: Bajo la excusa del «discernimiento» y las «circunstancias atenuantes», se estableció que vivir en adulterio público (los divorciados vueltos a casar) ya no es necesariamente un obstáculo para recibir la Eucaristía.
  • La subjetividad al poder: Se argumenta que, en ciertos casos «irreversibles», lo que es objetivamente un pecado mortal (adulterio) puede no serlo subjetivamente, e incluso puede ser lo que «Dios mismo está pidiendo» en medio de la complejidad concreta (AL 303): esta es la idea central de Silencio de Scorsese: Dios te puede pedir que peques mortalmente para salvar tu vida y evitar el martirio. (Aparte: ¡Manda cojones!).
  • La ruptura: Esto introduce el subjetivismo kantianopersonalista en la administración de los sacramentos. Si el mandamiento «No cometerás adulterio» admite excepciones basadas en la «situación», entonces ningún mandamiento es absoluto. Se rompe el dique de contención de la Ley Natural.

La Consumación: Fiducia Supplicans

Una vez aceptado en Amoris Laetitia que las «circunstancias» y el «amor» justifican situaciones irregulares (adulterio), el paso lógico siguiente era justificar la sodomía. Fiducia Supplicans no es un accidente, es hija legítima de Amoris Laetitia.

  • Se aplica el mismo sofisma: «Lo importante es el amor».
  • Se bendice no la unión jurídica (que dicen no tocar), sino la «relación afectiva», ignorando que esa relación se constituye sobre actos intrínsecamente desordenados y pecaminosos: tanto que claman al cielo.
  • Es la victoria final de la Moral de Situación: Dios ya no bendice al hombre que cumple la Ley, sino que bendice la «situación» del hombre que se autodefine al margen de la Ley.

8.  El  Catecismo de la Apostasía

La demolición filosófica y teológica no se ha quedado en los libros de seminario: ha bajado a la cultura de masas para adoctrinar a nuestros hijos. El cine se ha convertido en el púlpito del Nuevo Orden Mundial, difundiendo el panenteísmo y el indiferentismo con una eficacia diabólica.

Pocahontas y Avatar son el catecismo de la «Nueva Era» y de la ecología profunda.

Por su parte, Silencio de Scorsese es, quizás, la película más perniciosa de las últimas décadas porque fue aplaudida por el aparato jesuítico actual (James Martin y compañía) precisamente porque  aplica la moral de situación y valida la apostasía como un acto de «amor».

A. La Liturgia del Panenteísmo

Si el Krausismo fue la teoría, Disney y James Cameron han puesto la práctica. El panenteísmo sostiene que lo divino interpenetró cada parte del universo y, al mismo tiempo, se extiende más allá de él. A diferencia del panteísmo (donde Dios es el universo), el panenteísmo sugiere una presencia sagrada inmanente pero también trascendente. 

  • El veneno de Pocahontas: Bajo la apariencia de una película infantil, se inocula el panteísmo más crudo. La canción «Colores en el viento» es un himno litúrgico a la «Madre Tierra», enseñando a los niños que cada roca, árbol y criatura tiene espíritu y es divina. Es la negación del Dios Trascendente para adorar a la creación inmanente.
  • La «biblia» de Avatar: James Cameron llevó esto al paroxismo visual. En Avatar, la deidad no es Dios, sino Eywa, una red bio-neuronal que conecta a todos los seres vivos. Es la escenificación perfecta del panenteísmo krausista y de la teología de Laudato Si: «todo está conectado». Los protagonistas no se salvan por la Gracia, sino conectándose a través de sus trenzas (vínculo físico) con el «alma del mundo». Es propaganda pura de la ecolatría, preparando a las masas para adorar a la Pachamama y despreciar la civilización cristiana.

Otras películas venenosas

  • Saga Star Wars: El concepto de «La Fuerza» es un ejemplo clásico; es un campo de energía que rodea a todos los seres vivos, los penetra y mantiene unida a la galaxia, teniendo además una voluntad propia que trasciende lo material.
  • El árbol de la vida (2011): Dirigida por Terrence Malick, explora la conexión entre la naturaleza, el sufrimiento humano y una presencia divina que se manifiesta tanto en el cosmos como en los detalles microscópicos de la vida.
  • La fuente de la vida (2006): Una narrativa visual que conecta tres épocas distintas a través de un árbol místico, sugiriendo que la vida y la divinidad fluyen eternamente a través de todas las formas de existencia.
  • Hermano Oso (2003): Presenta una visión donde los espíritus de los ancestros y las fuerzas naturales interactúan directamente con el mundo físico, guiando a los protagonistas a través de la naturaleza.

Algunos libros y Autores que propagan estas filosofías perniciosas y heréticas

  • Baruch Spinoza: su obra Ética es fundamental para entender la idea de una sustancia divina inmanente en todo lo existente. La filosofía de Spinoza es un sistema racionalista radical centrado en la idea de que hay una única sustancia infinita: Dios o la Naturaleza (Deus sive Natura), donde todo lo existente es una manifestación de esta sustancia única, eliminando la separación entre Dios y el mundo y rechazando un Dios personal.
  • Hermann Hesse: En novelas como Siddhartha, explora la unidad de todas las cosas y la presencia de lo sagrado en el río, las piedras y cada ser vivo.
  • Pierre Teilhard de Chardin: Jesuita y científico cuyo concepto del «Punto Omega» en El fenómeno humano propone una evolución cósmica donde Dios está presente en la materia y la conduce hacia una mayor conciencia.
  • Walt Whitman: Su poemario Hojas de hierba celebra una divinidad que se encuentra en cada átomo y brizna de hierba, uniendo lo individual con el alma cósmica

B. Silencio de Scorsese: La Canonización de la Apostasía

Pero el ataque más sutil y venenoso vino de la mano de Martin Scorsese con Silencio, una película vergonzosamente proyectada y aplaudida en el Vaticano.

  • La perversión del «Misterio Pascual»: La película narra la historia de misioneros jesuitas en Japón que, ante la tortura, deciden apostatar pisando el fumi-e[4](la imagen de Cristo). La trampa satánica del film es presentar este acto no como un pecado de debilidad (que podría ser perdonado), sino como un acto de «amor maduro» (otra vez la maldita moral de situación).
  • El triunfo de Rahner y el discernimiento jesuita: El protagonista «escucha» a Jesús pidiéndole que lo pise. No cabe mayor blasfemia.  Cristo nunca pediría negar la Fe. El fin no justifica los medios: para salvar la vida no vale pecar gravemente contra Dios[5]. Esta película es la aplicación cinematográfica de Karl Rahner y de Gaudium et Spes 17: la conciencia subjetiva está por encima de la Ley objetiva de Dios: la moral de situación justifica el pecado.
  • Indiferentismo: Silencio nos vende que se puede ser «cristiano en el corazón» mientras se adora públicamente a los demonios budistas. Es la destrucción del testimonio de los mártires. Si el jesuita de Scorsese tiene razón, entonces todos los mártires que murieron por no quemar incienso al César fueron unos estúpidos fanáticos. Silencio es la justificación moral de la jerarquía actual que prefiere la comodidad del mundo a la Cruz de Cristo.

9. La  Herejía Climática: La «Nueva Religión»

Todo está conectado: adoremos a la Madre Tierra…

El discurso apocalíptico climático actual opera a menudo bajo un determinismo mecanicista rígido (propio de la física del siglo XIX, paradójicamente). Asume una relación lineal cerrada: Acción humana X -> Destrucción total e inevitable Y.

Pero el clima es el sistema caótico por excelencia. De hecho, Edward Lorenz enunció la teoría  del caos estudiando meteorología.

Lorenz descubrió el caos por casualidad. Al repetir una simulación meteorológica en su ordenador, redondeó los datos de entrada de 0.506127 a 0.506. Esa diferencia minúscula produjo un clima totalmente diferente al final de la simulación.

Esto demostró empíricamente la «sensibilidad a las condiciones iniciales» y destruyó la idea de que, si conocemos las leyes físicas y el estado actual, podemos predecir el futuro perfectamente.

Lorenz refuta a los profetas del apocalipsis climático. Si el sistema es tan sensible que un redondeo decimal cambia todo el futuro, pretender modelar el clima a 50 años vista con certeza absoluta es, científicamente, una presunción arrogante (y teológicamente, un intento de usurpar la omnipotencia divina).

El enfoque de la herejía climática elimina a Dios como Causa Primera. Convierte al hombre en el «creador» (o destructor absoluto) y a la Naturaleza, en un dios vengativo. Olvida que el mundo es contingente (puede ser o no ser, puede cambiar) y no un sistema cerrado blindado a la intervención divina.

El mundo no está determinado por una condena fatalista.

  • Dios gobierna el Universo: La Providencia no es una intervención mágica que rompe la naturaleza, sino el gobierno soberano sobre esa contingencia. Dios sostiene el clima como sostiene todo el Universo.

Todo fue creado por Él y para Él. Y toda la creación «gime y llora con dolores de parto» (Romanos 8:22) porque ella también está afectada por el pecado, sufriendo la decadencia y la separación de Dios, anhelando la liberación y redención final que vendrá con la restauración de todas las cosas y la revelación de los hijos de Dios: una esperanza que se vive a través del Espíritu Santo mientras se espera el regreso de Cristo. 

  • Esperanza vs. Fatalismo: El cristiano actúa con responsabilidad (mayordomía de la Creación) pero sin la angustia del que cree que la historia depende únicamente de las fuerzas materiales. Sabemos que el final de la historia no lo dictan los modelos climáticos ni el CO2, sino la Voluntad Divina (Eschaton). El fin de la historia lo dicta Dios.

En conclusión, la jerarquía de la Iglesia ha pecado gravemente de idolatría: en lugar de predicar la salvación de las almas, tenemos a un Vaticano obsesionado con la «Madre Tierra», el cambio climático, la ecología política y la sostenibilidad del planeta. Hemos visto con horror cómo se postraban ante la Pachamama en los jardines vaticanos y cómo entronizaban el ídolo pagano en la mismísima Basílica de San Pedro: un acto de idolatría pública que clama al cielo.

10. Conclusión: Volver a Santo Tomás y a la Humildad de María

Todos estos errores que hemos denunciado nos han conducido a la situación actual: una apostasía práctica y una Iglesia convertida en la capellana de la Agenda 2030 y sumisa al Nuevo Orden Mundial promovido por la ONU, por la plutocracia mundialista y por la masonería.

Hoy, gran parte de la jerarquía parece haber asumido la agenda de la «cosmópolis» kantiana como propia. Los objetivos supremos ya no son la salvación de las almas, el Cielo y la Gloria de Dios, sino la paz perpetua, el desarrollo sostenible, la gestión climática y la fraternidad humana según los estándares de la ONU. La convergencia de la filosofía moderna de raíz kantiana, la masonería y el modernismo teológico ha creado una «religión antropocéntrica» inversa a la Ciudad de Dios.

Ante este panorama de ruina, no hay lugar para el diálogo. La única salida es la Contrarrevolución. Hay que tirar a la basura a Kant, a los krausistas, a Maritain, a los personalismos, a Rahner y toda la teología moderna. Debemos volver a la roca firme de Santo Tomás de Aquino, donde la razón se somete a la realidad y a la voluntad a Dios.

Y frente a la soberbia de la «autodeterminación», debemos alzar la bandera de la Heteronomía Mariana. La Virgen no dijo «yo me hago a mí misma», sino «Hágase en mí según tu palabra». Esa es la única libertad verdadera: la esclavitud del amor a Dios. Frente al “non serviam” de Lucifer, hemos de gritar el “quis ut Deus?” del Arcángel San Miguel. La victoria será de Cristo, pero Él nos quiere militantes, viriles y dispuestos al martirio por la Verdad.

La única solución es la restitución del Orden: que el Rey sea Cristo, que la autoridad beba de la Divina Ley y que la única religión sea la Verdadera, sin componendas con el Indiferentismo ni con la blasfemia que afirma que Dios quiere positivamente el error.

El único ecumenismo que vale y el único diálogo interreligioso que quiere el Señor es que todos crean en Él y se bauticen[6]; que todos los pueblos se arrodillen ante Cristo para adorarlo. Él es el único redentor de la humanidad; el único que quita el pecado del mundo; el Alfa y la Omega; el Principio y el Fin de todo cuanto existe; el Rey de reyes y Señor de señores.

¡Viva Cristo Rey!


[1] En su obra «Antropología: una guía para la existencia» (un manual de referencia en muchas universidades católicas hoy), Burgos afirma textualmente:

«El hombre es un ser que se hace a sí mismo. La naturaleza nos viene dada, pero la persona no. La persona es una tarea, un proyecto que hay que realizar. […] La libertad no es solo capacidad de elegir entre cosas, es capacidad de disponer de uno mismo, de autodeterminarse. En cada acto libre, la persona no solo elige algo externo, sino que decide sobre sí misma, se construye a sí mismo, se hace ser de un modo determinado.»

(Juan Manuel Burgos, Antropología: una guía para la existencia, Ed. Palabra, Madrid, varias ediciones, cap. sobre la Libertad).

Nota Importante: no se trata de juzgar las intenciones subjetivas de estos autores, que buscaban resaltar la dignidad humana frente al totalitarismo. Se trata de juzgar el resultado metafísico: al definir al hombre por su ‘hacerse’ y no por su ‘ser’, derribaron el muro de contención de la Ley Natural inmutable.

[2] Karol Wojtyla: El acto «constituye» a la persona

La obra clave es «Persona y Acción» (Osoba i czyn, 1969). La tesis central de Wojtyla es que el acto humano tiene una dimensión intransitiva: no solo modifica el mundo exterior (hago una mesa), sino que modifica al sujeto (me hago a mí mismo).

«En este proceso [la acción], el hombre no sólo se dirige hacia un valor, sino que también decide sobre sí mismo. […] El hombre, al obrar, no sólo cumple acciones, sino que se cumple a sí mismo y se realiza a sí mismo. […] La autodeterminación implica que el hombre es dado a sí mismo como una tarea a realizar».

Fuente: Wojtyla, K., Persona y Acción. (En la edición española de BAC, suele encontrarse en el Cap. III, «La estructura personal de la autodeterminación», apartados sobre la trascendencia vertical).

Otra cita clave sobre la «creación» del yo:

«El querer esencial es un decidir sobre sí mismo (to decide about oneself)… En el acto de autodeterminación, el yo no es sólo el sujeto de la voluntad, sino también el objeto de la misma… el hombre no sólo se posee a sí mismo, sino que también decide sobre sí mismo».

Fuente: Karol Wojtyla, Persona y acción.

  • Edición: Biblioteca de Autores Cristianos (BAC), Madrid, 1982 (y reediciones posteriores como 2011).
  • Ubicación: Parte Segunda (La trascendencia de la persona), Capítulo III («La estructura personal de la autodeterminación»).
  • Página: En la edición clásica de la BAC, estas ideas se desarrollan entre las páginas 124 y 130, específicamente en el apartado sobre la voluntad como autodeterminación.
  • Nota de rigor: Wojtyla utiliza el término «autodeterminación» (samostanowienie) para indicar que el acto humano no es solo transitivo (hacia afuera), sino intransitivo (hacia adentro). Esta «intransitividad» es la que modifica el ser de la persona.

[3]Juan Manuel Burgos: «La libertad construye a la persona»

Burgos es explícito al rechazar la naturaleza estática. La cita sobre la autoconstrucción es literal.

Cita exacta A:

«La libertad no es solo capacidad de elección entre cosas, es capacidad de disponer de uno mismo… El hombre, gracias a su libertad, tiene la terrible capacidad de crearse a sí mismo, de decidir quién quiere ser. […] La persona no es algo ya hecho (como una piedra), sino que es un ‘quién’ que se tiene que hacer.»

  • Fuente: Juan Manuel Burgos, Introducción al personalismo.
    • Edición: Palabra, Madrid, 2012 (y reed. 2021).
    • Página: 204-205 (en el capítulo «La libertad y la autodeterminación»).Cita exacta B (Contra la naturaleza estática):

Cita exacta B:

«El concepto clásico de naturaleza resulta insuficiente para dar cuenta de la persona… La naturaleza alude a lo que nos viene dado, a lo fáctico y pasivo… La persona, en cambio, alude a lo que es libre, activo, creativo.»

  • Fuente: Juan Manuel Burgos, Antropología: una guía para la existencia.
    • Edición: Palabra, Madrid, 2003 (numerosas reediciones).
    • Ubicación: Capítulo 1, apartado 4 («La distinción entre naturaleza y persona»).
    • Nota de rigor: Aquí Burgos establece explícitamente la dicotomía: Naturaleza = Pasivo/Dado vs. Persona = Activo/Creado. Esta distinción es la que permite teológicamente poner la «experiencia personal» por encima de la «norma natural».

[4] El término fumi-e (踏み絵) proviene de las palabras japonesas fumi (pisotear) y e (imagen o cuadro). Eran imágenes de bronce o madera utilizadas por las autoridades del Shogunato Tokugawa en el Japón del siglo XVII para identificar a los cristianos ocultos. Se obligaba a los sospechosos a pisotear la imagen para demostrar públicamente que renunciaban a su fe cristiana, evitando así la tortura o la ejecución. 

[5] Mateo 5, 16-17 «No penséis que he venido a abrogar la Ley y los Profetas; no he venido a abrogarla, sino a consumarla. Porque en verdad os digo que antes pasarán el cielo y la tierra que falte una yota o una tilde de la Ley hasta que todo se cumpla».

[6] Mateo 16, 15-16. «Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura. El que crea y sea bautizado, se salvará; pero el que no crea, será condenado». 

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