Manual de Caridad para Católicos Desnortados

Este artículo iba a llamarse “Manual de Liderazgo”. Pero he preferido traducir “liderazgo” al cristiano. Y en cristiano, “liderazgo” se llama “Caridad”.

Ahora que no tengo ninguna responsabilidad ni autoridad, el Señor me urge a que dirija unas líneas a todos aquellos que tienen “mando en plaza” para que no pierdan el Norte.

Y os preguntaréis quién soy yo para dar lecciones de liderazgo católico. Y hacéis bien, porque, haciendo mías las palabras que repetía Santa Gema Galgani):

«¡Nada soy, nada sé, nada puedo, nada tengo sino miseria… y valgo menos que nada, porque la nada no peca y yo sí.”

O como escribía Dámaso Alonso en su De Profundis:

Yo soy la piltrafa que el tablajero arroja al perro del mendigo,
y el perro del mendigo arroja al muladar.
Pero desde la mina de las maldades, desde el pozo de la miseria,
mi corazón se ha levantado hasta mi Dios,
y le ha dicho: Oh Señor, tú que has hecho también la podredumbre,
mírame,
Yo soy el orujo exprimido en el año de la mala cosecha,
yo soy el excremento del can sarnoso,
el zapato sin suela en el carnero del camposanto,
yo soy el montoncito de estiércol a medio hacer, que nadie compra
y donde casi ni escarban las gallinas.
Pero te amo,
pero te amo frenéticamente.

Ese soy yo: un “montoncico” de estiércol. Pero amo a Dios frenéticamente (y Él a mí, que es lo mejor del caso).

1. Humildad

En la Subida al Monte Carmelo, San Juan de la Cruz no entiende la humildad simplemente como una virtud moral de «modestia”. La humildad es el reconocimiento práctico de que la criatura, por sí misma, es nada frente a la infinitud de Dios.

El amor a uno mismo (soberbia) y el amor a Dios son contrarios. La humildad consiste en ir «vaciándose» de todo lo que no sea Dios. Este proceso es la «Noche Oscura». La humildad verdadera es el «hacerse nada» para que no quede nada en el alma que haga «resistencia» a la luz de Dios.

«La mayor humildad es conocer que no somos nada y que no podemos nada por nosotros mismos».

Para San Juan de la Cruz, el pecado es un acto de soberbia porque es un intento de la «nada» (el hombre) de afirmarse frente al «Todo» (Dios).

Cristo lo dice con toda claridad:

«Sentándose, llamó a los Doce, y así les dijo: Si alguno quiere ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos.

Y tomando un niño, lo puso en medio de ellos, y, abrazándole, les dijo:

Quien recibe a uno de estos niños en mi nombre, a mí me recibe, y quien me recibe a mí, no es a mí a quien recibe, sino al que me ha enviado».

Marcos 9, 35-37

Si queréis ser los primeros, sed los últimos y los servidores de todos. Tenemos que ser como niños que van de la mano de su Padre y se dejan llevar sin preguntar a dónde.

«En verdad os digo que, si no os volviereis y os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos. Pues el que se humille hasta hacerse como un niño de estos será el más grande en el reino de los cielos y el que reciba por mí a un niño como éste, a mí me recibe». Mateo 18, 3-5.

El problema es que todo esto lo sabemos de memoria. Y no nos dice nada. Ya no nos sorprende y pensamos “bueno, bien, claro… pero eso se dice pronto pero luego no se hace. Nadie lo hace… Nosotros no somos santos ni llegaremos nunca a serlo…

¡Pues debemos ser santos! No hay excusa. Nosotros, efectivamente, nada bueno podemos hacer porque nuestra naturaleza herida nos inclina a hacer los que no queremos…

Yo soy la vid, vosotros los sarmientos. El que permanece en mí y Yo en él, ése da mucho fruto, porque sin mí no podéis hacer nada.

El que no permanece en mí, es echado fuera, como el sarmiento, y se seca, y los amontonan y los arrojan al fuego para que ardan.

Si permanecéis en mí y mis palabras permanecen en vosotros, pedid lo que quisiereis, y se os dará.

En esto será glorificado mi Padre, en que deis mucho fruto, y así seréis discípulos míos. Juan 15, 5-8.

Nosotros solos no podemos hacer nada. Sin Cristo, no podemos nada. Pero «todo lo puedo en Cristo que me fortalece» (Filipenses 4:13) . «Porque Dios es el que obra en vosotros tanto el querer como el hacer, por su buena voluntad.»

El líder cristiano comienza el día de rodillas ante el sagrario pidiendo que sea Cristo quien gobierne la obra que cada uno tiene encomendada; vive el día de rodillas ante el prójimo y termina el día de rodillas ante su Creador.

Uno comienza el día ante Dios pidiendo por sus profesores, por su personal: cada uno tiene un nombre y un apellido; cada uno tiene una historia, una familia, unos hijos, unos padres; cada uno tiene sus problemas y sus preocupaciones. Y el director tiene la obligación de conocer a los que Cristo ha puesto bajo su autoridad. Y tiene la obligación de llorar con quien llora y regocijarse con quien tiene una alegría que celebrar. Eso es “amar al prójimo” por Dios. Eso es la Caridad: el mandamiento innegociable en la Iglesia (y por lo tanto, sus instituciones). No se trata de un sentimentalismo de pacotilla ni de un emotivismo estúpido. Es cargar sobre tus espaldas la cruz de todos hasta que te duela, hasta que te caigas, hasta no poder más. Pero dice el Señor: «mi yugo es fácil y ligera mi carga» (Mateo 11:30). Pero eso sí: la cruz no te la quita nadie porque quien no pasa por la cruz no se salva:

«Si alguno quiere seguirme, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame». (Mateo 16:24, Marcos 8:34, Lucas 9:23).

Y quien no quiera cargar con su cruz, que se vaya a su casa como el joven rico.

En resumidas cuentas, lo primero que necesitamos es humildad. No somos superhéroes ni tenemos superpoderes. Somos sarmientos unidos con todas las fuerzas a la Vid verdadera, de quien recibimos todo: la vida, la gracia, la esperanza, la caridad…

El director, presidente, obispo o papa que diga “esto se hace así porque yo lo digo, que soy el que manda”, malo. Ese no es un líder católico, sino un necio y un cretino, que piensa que el cargo hace al monje (como el hábito). Y no es así. El cargo no genera la virtud.

No seas necio ni soberbio. No te creas más que nadie. Tu personal de limpieza o mantenimiento tiene la misma dignidad de hijos de Dios que tú. Tú no eres más que ellos ni debes mirarlos por encima del hombro. Tú tienes otras responsabilidades temporalmente. Pero Dios los quiere a ellos tanto como a ti o más.

Serás mejor líder cuanto más ames. Cuanto más cerca de Dios, más podrás amar a quienes están contigo cada día: profesores, niños, directores, obispos o curas… Y si no hay caridad, no vales nada por alto que sea tu cargo. ¡Ama, ama, ama! El amor a uno mismo (soberbia) y el amor a Dios son contrarios. Tú eres un miserable y un pecador como yo.

2. La Fe

Si fe no vamos a ninguna parte. En el sagrario está el Pan de Vida: está realmente Cristo Sacramentado. Y donde está Cristo, están el Padre y el Espíritu Santo. Y donde está la Santísima Trinidad, están sus ángeles y sus santos.

¡Que ganas deberíamos tener todos de traspasar esa puerta del cielo para gozar del amor de Dios para toda la eternidad! “Tan alta vida espero, que muero porque no muerto.”

Pero ¿creemos de verdad? ¿Creemos lo que la Iglesia siempre ha predicado en todas partes? ¿O creemos a nuestra manera? Tal vez busquemos novedades o adaptar la fe a nuestros tiempos modernos para que el mundo nos acepte y nos dé palmaditas en la espalda… Mal camino es ese…

Santo Tomás de Aquino

Para el Aquinate, la verdad reside primordialmente en el intelecto divino, y dado que Dios no cambia, Su verdad tampoco.

«La verdad del intelecto divino es la misma Verdad de Dios, la cual es enteramente inmutable.» (Summa Theologiae, I, q. 16, a. 8)

«Aunque los tiempos pasen y las cosas cambien, la verdad de las proposiciones de la fe permanece siempre la misma, pues se fundan en la Verdad Primera que es eterna.» (Summa Theologiae, II-II, q. 1, a. 7)


San Agustín

El obispo de Hipona subraya que la verdad no nos pertenece, sino que nosotros le pertenecemos a ella. Ella no envejece con los siglos.

«La Verdad no es tuya ni mía, para que sea de los dos; no pertenece a ningún tiempo, porque es la luz de todas las almas en todos los tiempos.» (Enarrationes in Psalmos)

3. La Esperanza

Un directivo de un colegio católico, un presidente de un dicasterio, un obispo o un papa tienen que tener esperanza… Porque nuestra esperanza es Cristo. Nuestra esperanza brota de la fe: Cristo es Camino, Verdad y Vida. Somos peregrinos hacia nuestra verdadera Patria. Y de todo lo que nos desvíe del fin para el que hemos sido creados por Dios, debemos apartarnos y dejarlo pasar: la vanidad de sentirse importante y por encima de los demás, la soberbia de creer que uno sabe más que nadie o que es más santo que nadie (“te doy gracias, Padre, porque no soy como esos pecadores, adúlteros, descreídos, ignorantes…”).

Todos somos pecadores y quien diga lo contrario miente. Sólo seremos salvados por la misericordia de Dios. Seremos salvos si lavamos nuestras vestiduras en la Sangre del Cordero, si nos arrodillamos a los pies del Señor y lavamos sus pies con nuestras lágrimas. Si nos confesamos con verdadera contrición y propósito de la enmienda.

Nuestra esperanza es que Dios perdone nuestros pecados por el sacramento de la penitencia y que Él nos conceda la gracia de llevar una vida santa, según Su voluntad. Y para ello, necesitamos la unión con Cristo en la comunión eucarística, recibida en gracia de Dios (primero confesión y después comunión). Y que la Virgen María nos lleve de su mano hacia el cielo (rezar el rosario es un acto de amor a Dios y a su Santísima Madre).

Nuestra esperanza no está en nuestras propias fuerzas, en nuestros talentos ni en lo guay que somos. Nuestra esperanza está puesta den Dios, que nos da la vida cada instante por amor y para amar. Y siempre hemos de estar preparados para el momento de nuestro encuentro definitivo con Dios. Vivir en gracia de Dios es más importante que la vida terrenal, porque nos garantiza la vida eterna. Y, además, sin la vida en gracia, no podemos tener lo más importante: la caridad.

Nosotros no podemos arreglar la vida de nuestros alumnos ni solucionar los problemas de nuestro personal: pero Dios, sí. Él lo puede todo. Y nosotros tenemos que pedir por nuestros prójimos a tiempo y a destiempo. Y confiar siempre en la Voluntad de Dios, que, aunque no lo entendamos tantas veces, siempre será lo mejor.

4. La Caridad

Si vivimos en pecado mortal, no podemos tener caridad. Podemos tener un amor humano, pero no el amor sobrenatural de la caridad. Si la Caridad (con mayúscula) no es solo filantropía o buenos sentimientos, sino la participación en el mismo amor de Dios, es lógico que sin la Gracia —esa conexión vital con la fuente— el hombre se quede solo con sus propias fuerzas, que son insuficientes para el verdadero bien. Es más, ningún bien meritorio podemos hacer para nuestra salvación sin la gracia de Dios: es Él quien pone en nosotros el querer y el hacer. Sin caridad, no somos nada.

La Caridad es el principio y el fin de nuestras obras. Y no olvidemos, que el sacramento de la caridad es la Eucaristía. Pero si vivimos en pecado mortal, no valemos para nada, más que para ser echados al fuego, como el sarmiento que se separa de la vid.

El poder, el “esto se hace así porque lo digo yo que soy el que manda”; las casas lujosas, los coches caros; la soberbia intelectual que pretende imponerme qué filosofía está bien y cuál mal; o que es capaz de comparar la doctrina de cualquier doctor privado con la filosofía y la teología perenne del Doctor Angélico, del Doctor Común de la Iglesia… Hay tanta soberbia… Hay tantos que piensan que sus empleados solo son medios para sus fines y los tratan sin caridad… Porque para eso les pagan… Hay cosas que no se pagan con dinero. Es más… parafraseando a El Principito, lo más importante no se puede pagar con dinero. El amor que siento por mis antiguos “empleados” y el amor que ellos me siguen dando, no está incluido en la nómina ni en el convenio colectivo. Pero ese vínculo de la caridad es más fuerte que la muerte, porque es amor divino y sobrenatural.

No seáis necios. No sabemos el día ni la hora. Ni nadie puede asegurar que llegue vivo a mañana. No seamos como el necio de la parábola:

«El terreno de un hombre rico produjo una buena cosecha. Así que se puso a pensar: “¿Qué voy a hacer? No tengo dónde almacenar mi cosecha”. Por fin dijo: “Ya sé lo que voy a hacer: derribaré mis graneros y construiré otros más grandes, donde pueda almacenar todo mi grano y mis bienes.  Y diré: Alma mía, ya tienes bastantes cosas buenas guardadas para muchos años. Descansa, come, bebe y goza de la vida”. Pero Dios le dijo: “¡Necio! Esta misma noche te van a reclamar la vida. ¿Y quién se quedará con lo que has acumulado?»

¿Y de qué te valdrán los cargos, el poder y la soberbia? ¿Y las casas, los coches, los despachos, la reputación, el poder y el dinero?

¿Qué son sino verduras de las eras o rocío de los prados? Los placeres terrenales y los cargos, el prestigio y las riquezas son como los brotes débiles que crecen en las eras tras la trilla, que se marchitan rápidamente. O como el rocío de los prados que desaparece en cuanto sale el sol.

Los plazeres e dulçores
desta vida trabajada
que tenemos,
non son sino corredores,
e la muerte, la çelada
en que caemos.
Non mirando a nuestro daño,
corremos a rienda suelta
sin parar;
desque vemos el engaño
y queremos dar la vuelta
no hay lugar.

Cuenta la Autobiografía de San Ignacio en el Prólogo del P. Luis Gonçalves da Cámara (párrafo 2):

El Padre estaba entonces muy malo, y nunca acostumbrado a prometerse un día de vida; antes cuando alguno dice: – Yo haré esto de aquí a quince días, o de aquí a ocho días -, el Padre siempre, como espantado, dice: – ¡Cómo!; ¿ y tanto pensáis vivir?

Hemos de vivir como extranjeros en este mundo, sabiendo que todo está en las manos de Dios y que Dios nos pedirá cuentas sobre cómo hayamos empleado los talentos que Él mismo nos da. Todo nos lo ha dado Dios. Todo lo poco o mucho bueno que podamos hacer en esta vida es obra de la gracia de Dios que mueve a nuestro entendimiento y a nuestra voluntad a hacerlo. Todo el mérito es suyo y a la vez, todo el mérito es nuestro.

Pero en resumen, sed humildes, tened fe en Jesucristo, manteneos firmes en la esperanza (porque todo depende de Él y no de ti) y, sobre todo, vivid en gracia de Dios y que vuestra vida vaya dejando (como los caracoles) un rastro de caridad en la vida de todos aquellos hermanos vuestros con los que vivís y trabajáis. Sólo si amas a Dios sobre todas las cosas (y más que a vosotros mismo y a vuestra propia vida),  iréis dejando el buen olor de Cristo allí donde estéis.

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