San Juan Bautista, predicador del orden social cristiano.

Y decía a las turbas que venían para ser bautizadas por él, viendo a muchos fariseos y saduceos:
«¡Raza de víboras! ¿Quién os enseñó a huir de la ira venidera? Haced, pues, frutos dignos de penitencia; y no comencéis a decir dentro de vosotros mismos: “Tenemos por padre a Abraham”; porque os digo que puede Dios sacar de estas piedras hijos a Abraham. Porque ya está el hacha puesta a la raíz de los árboles; y todo árbol que no produce buen fruto será talado y arrojado al fuego.»

Y le preguntaba la gente: «Pues ¿qué haremos?»

Y respondiendo, les decía: «El que tiene dos túnicas, dé una al que no tiene; y el que tiene qué comer, haga lo mismo.» Vinieron también publicanos para ser bautizados, y le dijeron: «Maestro, ¿qué haremos nosotros?» Él les respondió: «No exijáis nada más de lo que se os ha mandado.» Preguntáronle asimismo los soldados: «¿Y nosotros, qué hemos de hacer?» Y les dijo: «No hagáis extorsión a nadie, ni denunciéis a nadie falsamente, y contentaos con vuestra paga.»

 Lc 3, 7-14

Resulta poco menos que sorprendente que la primera lección neotestamentaria sobre los principios que rigen el orden social, se encuentre en la predicación de San Juan Bautista. O quizá no tanto. Él, siendo el profeta precursor y mártir, tal como inicia la censura a los fariseos y saduceos y la acusación de traición al Pueblo de Israel, en términos no menos severos que los que emplearía Cristo, no es descabellado que también encauce pedagógicamente la misión del Mesías en materia de orden social en la plenitud de la ley.

El Evangelio relata tres agrupaciones de estamentos sociales: primero, «las gentes» en general; y a continuación, los publicanos —cobradores de impuestos—, y los soldados, es decir, dos de los brazos ejecutores de un ordenamiento público organizado mediante el derecho romano.

A los primeros, les exhorta a la caridad; esto es, a dar a los pobres de lo que les sobra. Nada más evidente. Pues quien tiene dos vestidos, solamente necesita uno. Y el que tiene qué comer, probablemente pueda compartirlo con el que no lo tiene.

A los segundos les manda no exigir más de lo que está ordenado; es decir, no enriquecerse ilícitamente con su cargo y, por tanto, practicar la justicia conmutativa: en definitiva, no robar. Es decir, no sólo manda que dejen de robar, sino que lo que den lo den con justicia. Pero no les manda que dejen su empleo. De donde se deriva que el impuesto no es, per se, injusto.

Finalmente, a los terceros les ordena que no abusen de su poder, que no vivan para mortificar a nadie con el uso de su potestad, y que se contenten con su salario; es decir, que no reclamen para sí más de lo que les corresponde por su trabajo.

Yace aquí todo un compendio acerca de los pilares que deben sustentar la armonía de la comunidad política. Al que maneja dinero, que no pida más de lo debido; el que maneja poder y potestad de coacción, que la use rectamente y para el bien común, no para hacer acepción de personas; al que vive de su soldada, no exija a su señor más de lo que es justo. Y a todos (“las gentes”), y en primer lugar, que obren con bondad y misericordia.

La predicación del Bautista es el primer antídoto contra las ideologías económico-sociales: así, sabemos que el motor del capitalismo es la avaricia. Y que también lo es del socialismo. Solo que el primero representa la avaricia del rico, y el segundo, la avaricia del pobre. Porque no hace falta tener para ser avaro, como no todos los que tienen son avaros. Por el contrario, hay que escudriñar dónde tiene cada uno el corazón puesto.

El mandamiento a los soldados tiene una contrapartida: asalariado, no te rebeles; patrón, paga lo justo. Del desorden de este doble principio, abonado por el vicio de la avaricia de ambos, nace el socialismo.

El cardenal Isidro Gomá, comentando este pasaje, dirá:

 «La igualdad en las cosas necesarias para la vida es ley fundamental del equilibrio social».

En ningún caso dice que el orden social deba cumplirse por igualdad en todo, sino por la igualdad en lo que es de derecho natural, es decir, que todos puedan procurarse su propio sustento. En definitiva, forma parte de la justicia.
Finalmente, el mandato general es dar de lo que sobra al que no tiene. Caridad que sólo puede ejercer el que está en gracia. Sigue el cardenal Gomá:

 «Y algo más que lo necesario para la vida, que es el relativo bienestar de la vida, sobre todo cuando la riqueza social lo consiente, y que sólo puede dar la caridad cristiana».

En este sentido, sentencia San Ambrosio:

 «la misericordia es la plenitud de las virtudes; así, a todos ha sido propuesta como norma de virtud perfecta».

Misericordia, o caridad, de la que no se puede prescindir para alcanzar el armonioso orden social cristiano, y que debe ocupar lugar de honor en la sociedad, lejos de ser un mero complemento de la justicia, como recordaría el Papa Pío XI:

«¡Cuánto se engañan, por consiguiente, esos incautos que, atentos sólo al cumplimiento de la justicia, y de la conmutativa nada más, rechazan soberbiamente la ayuda de la caridad! La caridad, desde luego, de ninguna manera puede considerarse como un sucedáneo de la justicia, debida por obligación e inicuamente dejada de cumplir.

Pero, aun dado por supuesto que cada cual acabará obteniendo todo aquello a que tiene derecho, el campo de la caridad es mucho más amplio: la sola justicia, en efecto, por fielmente que se la aplique, no cabe duda alguna que podrá remover las causas de litigio en materia social, pero no llegará jamás a unir los corazones y las almas».

(Pío XII, Quadragesimo Anno, 137)

No se olvide. Nada de esto es un consejo, sino que responde a la pregunta: “¿qué haremos?». Es decir, ¿qué se debe hacer para salvarse? ¿qué haremos, pues, nosotros, con lo que nos es superfluo, con nuestro poder, con nuestra autoridad, la que cada uno tenga en su ámbito? Escrito está.

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