San Francisco Javier

San Francisco Javier, bautizando indios. Colección del Museo del Prado.

Tras la denuncia sin paliativos que hacíamos ayer de la deriva apóstata de la Compañía de Jesús desde el Concilio Vaticano II hasta la actualidad, volvemos los ojos a los grandes santos jesuitas de los primeros tiempos de la Compañía. Y no podríamos empezar con un santo mejor que con San Francisco Javier, que se dejó la vida bautizando paganos y proclamando el Evangelio en territorios especialmente hostiles.

______________________________

San Francisco Javier (1506-1552), el «Apóstol de las Indias», es el coloso de la vanguardia misionera de la Iglesia Católica y el prototipo del combatiente ignaciano en las fronteras del paganismo. Si San Ignacio de Loyola fue el estratega que organizó la Compañía de Jesús desde Roma, este hidalgo navarro fue el brazo ejecutor que llevó el estandarte de la Cruz hasta los confines del mundo conocido, cruzando los mares para arrebatar millones de almas a las tinieblas de la idolatría.

Frente a las visiones sincretistas, los «cristianos anónimos», que lo son aunque no lo sepa o los falsos ecumenismos modernos, la epopeya de Francisco Javier se sostiene sobre un dogma absoluto: fuera de la Iglesia no hay salvación (Extra Ecclesiam nulla salus). No lo movía una vaga curiosidad cultural ni el deseo de establecer «diálogos interreligiosos» de salón, sino una urgencia escatológica y caritativa: bautizar a los gentiles para librarlos de la condenación eterna.

I. De la Vanidad de la Sorbona al Fuego de Montmartre

Nacido en el castillo de Javier en una Navarra desgarrada por las guerras, Francisco marchó a la Universidad de París con el único anhelo de alcanzar honores, prebendas eclesiásticas y prestigio intelectual. Era un joven gallardo, ambicioso y arrogante que miraba con desdén la tosca apariencia de un compatriota cojo que compartía su habitación en el Colegio de Santa Bárbara: Íñigo de Loyola.

  • El asedio de San Ignacio: Con una paciencia militar, San Ignacio fue minando el orgullo del joven navarro repitiéndole incansablemente la sentencia evangélica: «¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si pierde su alma?». Aquella verdad terminó por demoler los castillos de naipes de la vanidad de Francisco.
  • La forja del núcleo original: El 15 de agosto de 1534, en la cripta de Montmartre, Francisco Javier unió su destino al de Ignacio y los primeros compañeros, haciendo los votos de pobreza, castidad y el viaje a Tierra Santa o, en su defecto, ponerse a la entera disposición del Sumo Pontífice.

II. El Grito de Guerra Apostólico: La Carta a la Sorbona (1544)

En 1541, por mandato del Papa, Javier se embarcó rumbo a las Indias Orientales. Al constatar la inmensidad del paganismo y la escasez de operarios, el santo navarro dirigió su mirada herida hacia los claustros universitarios de París, donde él mismo había malgastado sus primeros años. En 1544, envió una epístola a San Ignacio que contiene la requisitoria teológica más impresionante de la historia de las misiones, una acusación directa contra la soberbia intelectual que prefiere el confort de las aulas antes que el áspero combate por las almas:

«Muchos cristianos se dejan de hacer en estas partes, por no haber personas que se ocupen en tan pías y santas cosas. Muchas veces me mueven pensamientos de ir a las universidades de esas partes, dando voces, como hombre que tiene perdido el juicio, y principalmente a la Universidad de París, diciendo en la Sorbona a los que tienen más letras que voluntad para disponerse a fructificar con ellas: ¡Cuántas almas dejan de ir a la gloria y van al infierno por la negligencia de ellos!

Y si así como estudian las letras, estudiasen la cuenta que Dios nuestro Señor les demandará de ellas, y del talento que les tiene dado, muchos de ellos se moverían, tomando medios y ejercicios espirituales para conocer y sentir dentro de sus almas la voluntad divina, conformándose más con ella que con sus propios afectos, diciendo: «Aquí estoy, Señor, ¿qué quieres que haga? Envíame a donde quieras, y si conviene, aun a las Indias».

Temo que muchos que estudian en las universidades estudian más para alcanzar por las letras dignidades, obispados y rentas eclesiásticas, que con fin de querer las cosas para la mayor gloria de Dios y salud de las almas. Hacen la cuenta según su afecto desordenado, temiendo que Dios no querrá lo que ellos quieren; porque su deseo es tener letras para la propia estimación y provisión propia, no confiando que Dios les proveerá de lo necesario».

III. La Misión de las Indias: Una Carrera Contra el Tiempo y el Demonio

Los milagros de San Francisco Javier. Pedro Pablo Rubens. Museo de Historia del Arte de Viena.

Acumulación de milagros: Rubens reúne en una sola composición varios sucesos ocurridos durante las misiones del santo en la India y Japón, como la resurrección de muertos, la curación de enfermos (víctimas de pestes o dolencias) y la expulsión de demonios.San Francisco Javier aparece en lo alto de una plataforma, con un brazo al cielo y otro hacia la gente, funcionando como un canal directo de la fuerza divina.

___________________________________

Esta carta condensa el motor real de su actividad en Oriente. En solo diez años, Francisco Javier recorrió miles de leguas náuticas en embarcaciones precarias, fundó cristiandades enteras y bautizó con sus propias manos a cientos de miles de paganos, convirtiendo la doctrina de las Dos Banderas en un despliegue de infantería en el barro y las fiebres.

  • El bautismo como urgencia sobrenatural: Su actividad en la costa de la Pesquería, entre los paravas, era frenética. El propio santo detallaba que sus brazos quedaban exhaustos y doloridos de tanto administrar el sacramento del Bautismo, y que no le quedaba tiempo ni para rezar su Oficio Divino debido a la multitud que clamaba por entrar en la Iglesia. Si el infierno no existiera, o si todas las religiones salvaran por igual, esta agonía caritativa carecería de sentido.
  • El combate contra el paganismo: Francisco Javier derribaba los ídolos falsos y destruía los templos de los gentiles con el celo de un profeta del Antiguo Testamento. Comprendía perfectamente, bajo la luz de la teología agustiniana, que los dioses de los gentiles no eran realidades neutras, sino demonios que mantenían a las almas encadenadas a la superstición y al pecado.

IV. El Choque Teológico en el Japón y el Sacrificio en Sancián

En 1549, Javier desembarcó en Kagoshima, convirtiéndose en el primer misionero en pisar suelo japonés. Lejos de la supuesta «flexibilidad relativista» que la historiografía modernista pretende atribuirle, el método de Javier fue un combate de alta intensidad teológica contra los bonzos budistas y sintoístas.

  • Refutación del error y realismo dogmático: Javier demostró a los japoneses la absurdez de la reencarnación y la inmoralidad de los vicios de sus sacerdotes. Cuando los conversos lloraban angustiados al preguntar por el destino de sus ancestros que no habían conocido a Cristo, Javier, con la fidelidad innegociable al dogma, les confirmaba que quienes mueren fuera de la Gracia están condados, espoleando la urgencia de los vivos por recibir el agua bautismal.
  • La muerte en las puertas de China: Al comprender que la cultura nipona dependía intelectualmente de China, concibió el audaz plan de ingresar en el hermético Imperio Celeste para derribar allí el cuartel general del paganismo oriental. Sin embargo, Dios aceptó el sacrificio del deseo. En la isla desierta de Sancián, a la vista de las costas de China, consumido por las fiebres en una choza de paja, entregó su alma al Creador el 3 de diciembre de 1552 a los 46 años. Su cuerpo fue hallado meses después absolutamente incorruptos y despidiendo un olor suavísimo, signo visible con el que el Señor ratificó la santidad de su heraldo.

La muerte de San Francisco Javier. Museo de Zaragoza

V. Lecciones de San Francisco Javier para el Católico de Hoy

  • Frente al mito del diálogo interreligioso, la conversión:

El católico actual está intoxicado por la falacia modernista de que «todas las religiones son caminos válidos». San Francisco Javier arriesgó la vida mil veces porque sabía que las falsas religiones son caminos de perdición. El mayor acto de caridad que se puede hacer por un no católico no es «respetar su cultura», sino anunciarle a Jesucristo y desear su conversión a la única Iglesia verdadera.

  • La letra sin voluntad es inutilidad espiritual:

Javier desenmascara la falsa justificación del intelectual eclesiástico. El conocimiento de la doctrina no es para el deleite académico o el orgullo de poseer títulos y dignidades. La erudición que no se traduce en celo apostólico y en guerra frontal contra el pecado es simple metal que resuena; una deserción camuflada de academia.

  • La ascesis del combatiente:

El éxito de Javier no radicó en «estrategias de marketing» o adaptaciones mundanas. Su fuerza provenía de una vida de oración continua, de dormir sobre el suelo y de una confianza ciega en la Providencia. Frente a las pastorales modernas basadas en la sociología, Javier nos recuerda que los demonios y las idolatrías solo se derrotan con la verdad dogmática, la oración y la mortificación de la carne.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *