San José de Cupertino: Patrono de los Estudiantes y Auxilio Infalible en las Dificultades Académicas

San José de Cupertino. Ludovico Mazzanti.

El 18 de septiembre se recuerda en la Iglesia a un gran santo: San José de Cupertino. En el Calendario del Nuevo Orden Mundial Masónico, se celebra el día del bambú y de la igualdad salarial. Allá ellos. Yo me quedo con el santo franciscano. Un año les puse a mis alumnos la película de la vida del santo para animarles. Nadie es tan torpe que no sea capaz de aprender, si se lo pide a Dios de corazón y con humildad. Hay que pedirle a Dios la sabiduría y el entendimiento, como hizo Salomón en su día. Dios lo puede todo.

Si Santo Tomás de Aquino representa la cumbre de la sabiduría teológica iluminada por la gracia, San José de Cupertino (1603-1663) encarna la paradoja evangélica más radical: la sabiduría infusa manifestada en la más absoluta debilidad y simpleza natural. En él se cumple de modo literal la sentencia paulina: «Dios eligió a los necios del mundo para confundir a los sabios» (1 Cor 1, 27).

San José de Cupertino (1603-1663), el santo de los vuelos, es una de las manifestaciones más desconcertantes y sublimes de cómo la Gracia divina humilla la soberbia humana y dinamita las leyes de la física para manifestar la primacía del espíritu.

Frente a la mentalidad racionalista y el naturalismo que infecta incluso a sectores de la Iglesia contemporánea —que pretenden reducir los milagros a mitos o metáforas—, la vida de este fraile franciscano conventual ofrece un inventario apabullante de fenómenos místicos indudables, certificados bajo juramento por cientos de testigos (incluidos médicos, cardenales y reyes) y examinados bajo la lupa implacable de la Santa Inquisición. José de Cupertino es el triunfo de la debilidad humana transfigurada por el Amor divino.

I. El «Fraile Ignorante» y la Elección Divina

Desde su nacimiento en un establo en el Reino de Nápoles, la vida terrena de José estuvo marcada por el desprecio del mundo. Carecía de luces intelectuales, era torpe en los trabajos manuales, enfermizo y tan pasmado que sus contemporáneos lo apodaban «Bocca aperta» (boca abierta).

El fracaso humano como lienzo de la Gracia

Fue rechazado por los franciscanos y expulsado por los capuchinos debido a su aparente ineptitud. Finalmente, los franciscanos conventuales lo aceptaron como sirviente en el convento de la Grottella. Allí, su humildad extrema, su ascesis rigurosa (ayunaba a pan y agua la mayor parte del año y usaba una disciplina con espinas) y su obediencia absoluta movieron a los superiores a admitirlo al sacerdocio.

El Patrono de los Estudiantes

Su ordenación sacerdotal fue un milagro patente de la Providencia. Incapaz de aprender la teología requerida, solo se sabía de memoria un pasaje del Evangelio (Lucas 11, 27: «Dichoso el vientre que te llevó»). En el examen de diaconado, el obispo le pidió que explicara precisamente ese pasaje. Más adelante, para el examen sacerdotal, el examinador quedó tan impresionado por las brillantes respuestas de los primeros candidatos de la fila que aprobó a todo el grupo en bloque sin interrogar a José, que se encontraba al final. Por esta razón, la Iglesia lo invoca como auxilio infalible en las dificultades académicas.

II. El Ardor Eucarístico y los Vuelos Místicos

El rasgo distintivo de la santidad de San José de Cupertino fueron sus constantes levitaciones y raptos místicos, los cuales no eran exhibiciones de poder, sino la reacción física y visible de un alma abrasada por el amor a Dios.

El éxtasis como respuesta al Amor

Bastaba que escuchara el nombre de Jesús, de la Virgen María, o que mirase un crucifijo o una pintura sagrada para que lanzara un grito agudo y se elevara por los aires, quedando suspendido a varios metros del suelo, completamente ajeno a los estímulos externos (los testigos llegaron a aplicarle velas encendidas en la piel sin que reaccionara).

Vuelos presenciados por la historia

Voló sobre el altar mayor del convento para abrazar el Sagrario; voló hasta la copa de los olivos para contemplar el cielo; y se elevó ante la vista del Papa Urbano VIII, quien declaró que si José moría antes que él, testificaría personalmente del milagro en su proceso de canonización. Incluso el noble alemán Juan Federico del Palatinado, que era protestante, se convirtió al catolicismo tras presenciar a San José elevarse durante la Santa Misa, reconociendo en aquel fenómeno el realismo de la Presencia Divina.

III. El Crisol de la Inquisición y la Ascesis del Aislamiento

Los fenómenos extraordinarios de San José atrajeron a multitudes sedientas de milagros, lo que encendió las alarmas de la jerarquía eclesiástica y de la Santa Inquisición ante el peligro de la superstición o la herejía.

El escrutinio del Santo Oficio

Fue denunciado y juzgado por el tribunal de la Inquisición en Nápoles. Los jueces lo observaron detenidamente, esperando descubrir un fraude, pero durante el propio examen, José entró en éxtasis ante ellos. Aunque fue absuelto de toda sospecha de engaño o de influjo demoníaco, el Santo Oficio determinó que debía vivir recluido para evitar el alboroto popular.

La ascesis de la obediencia silenciosa

San José pasó los últimos 25 años de su vida confinado en celdas secretas, trasladado de un convento a otro en estricto aislamiento, sin poder escribir cartas, salir al coro ni celebrar la Misa en público. Ante esta durísima Cruz de persecución e incomprensión por parte de su propia Madre, la Iglesia, José no mostró la más mínima queja, amargura o rebeldía. Su respuesta fue un silencio heroico y una sumisión total a sus superiores, viendo en los jueces de la Inquisición la mano purificadora de Dios.

Lecciones de San José de Cupertino para el católico de hoy

Combatir el intelectualismo soberbio

Vivimos en una cultura que idolatra los títulos académicos, el éxito profesional y la elocuencia humana, espíritu que a menudo penetra en el clero y los laicos a través de una teología hiperracionalizada y estéril. San José de Cupertino nos recuerda que la verdadera sabiduría no radica en la acumulación de datos mundanos, sino en el conocimiento místico de Cristo. Dios confunde a los sabios del siglo valiéndose de los pequeños y los limpios de corazón para manifestar Su gloria.

Recuperar el asombro y el temblor ante lo Sobrenatural

Frente al materialismo reinante, que intenta desmitificar la fe y convertir la religión en una mera agencia de servicios sociales o moralismo ético, los milagros físicos de San José nos anclan en el realismo sobrenatural. El Dios de la Iglesia Católica es el Creador del universo, Dueño y Señor de las leyes de la naturaleza. La elevación física de San José es un signo visible de la vocación del alma humana: ser arrancada de las ataduras de la tierra para elevarse hacia la contemplación de la Santísima Trinidad.

La obediencia heroica en tiempos de prueba

El testimonio de San José durante su confinamiento por orden eclesiástica es una lección magistral para los católicos que sufren incomprensión, marginación o injusticias dentro de las propias estructuras eclesiales. José no fundó una secta, no armó un cisma ni arremetió contra las autoridades que lo recluían. Se sometió en silencio, sabiendo que la obediencia al superior legítimo es el blindaje más seguro contra las trampas del demonio. La Iglesia se reforma desde dentro, de rodillas y en el crisol de la paciencia.

En conclusión: San Francisco de Asís comenzó el camino de la minoridad y el despojo, y San José de Cupertino lo llevó a una de sus cimas más asombrosas. Su figura nos exhorta a vaciarnos del orgullo intelectual, a disciplinar el cuerpo mediante la templanza y a arder en amor ante el Sagrario, confiando en que, cuanto más nos humille el mundo, más nos elevará la diestra todopoderosa de Dios.

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