San Francisco de Asís en éxtasis. Anton van Dyck. Museo del Prado.
San Francisco de Asís (c. 1181-1226), el Poverello, es quizás una de las figuras más universalmente amadas y, al mismo tiempo, más trágicamente distorsionadas de la historia de la Iglesia. El sentimentalismo modernista y el naturalismo pagano han pretendido reducir al Seráfico Padre a un ecologista ingenuo, un pacifista descafeinado o un rebelde antisistema que predicaba una espiritualidad subjetiva al margen de la jerarquía.
Nada más lejano de la realidad histórica y teológica. El verdadero Francisco de Asís fue un soldado de Cristo, un asceta penitente de una severidad implacable consigo mismo, un defensor intransigente de la ortodoxia dogmática y un enamorado ciego del realismo eucarístico y del misterio de la Cruz. Su pobreza no era una proclama sociológica o política, sino el desnudarse absoluto de la criatura para revestirse de Cristo Crucificado en las filas de la Iglesia Militante.
I. El Realismo de la Cruz: Penitencia y los Sagrados Estigmas
La conversión de Francisco no nace de un idilio estético con la naturaleza, sino del encuentro brutal con el dolor de Cristo en la iglesita en ruinas de San Damián, donde el Crucifijo le habla con mandato militar: «Francisco, ve y repara mi Iglesia, que, como ves, se cae del todo en ruinas».
- La ascesis corporal extrema: San Francisco trataba a su propio cuerpo con una dureza que horrorizaría al bienestar contemporáneo; lo llamaba «el hermano asno», al que era necesario domar con ayunos, vigilias y disciplinas para que no se rebelase contra el espíritu. Su vida transcurrió en una pobreza radical y mendicante, concebida como la imitación perfecta de la kénosis (el vaciamiento) del Hijo de Dios.
- La configuración con el Crucificado: Este camino de ascesis activa culminó en el monte Alvernia en 1224. Francisco no buscaba experiencias fenomenológicas o místicas para su deleite; pedía sufrir en su alma y en su cuerpo el dolor de la Pasión por amor a las almas. Dios respondió sellando su carne con los Sagrados Estigmas: las llagas de los clavos y la lanza impresas en sus manos, pies y costado. Francisco se convirtió así en un crucifijo viviente, demostrando que la verdadera santidad está indisolublemente ligada a la efusión de sangre y al sacrificio.
II. El Celo por la Ortodoxia y el Realismo Eucarístico
Frente a las herejías de su tiempo (como los cátaros y albigenses, que despreciaban la materia y los Sacramentos), San Francisco defendió con un celo ardiente la fe católica y la autoridad apostólica.
- Sumisión absoluta a la Cátedra de Pedro: Francisco no fundó un movimiento asambleario. Acudió a Roma a postrarse ante el Papa Inocencio III para pedir la aprobación de su Regla. En sus Opúsculos y en su Testamento, dejó mandatos gravísimos sobre la obediencia debida a los sacerdotes, incluso a los pecadores, por el carácter sagrado de su ordenación: «Si tuviera tanta sabiduría como Salomón y me encontrara con los pobrecillos sacerdotes de este mundo, no quiero predicar más allá de su voluntad».
- Centralidad de la Santa Misa: El amor de Francisco por la creación estaba subordinado a su reverencia por el Santísimo Sacramento. Le dolía profundamente la negligencia en los altares. En sus cartas, exigía a los custodios que los cálices, corporales y copones fueran preciosos y limpios, y arremetía contra quienes trataban el Cuerpo de Cristo sin el debido temor de Dios:
«Dejen los hombres todo su orgullo y soberbia; tiemble el hombre entero, el mundo entero estremézcase y el cielo exulte cuando Cristo, el Hijo de Dios vivo, se encuentra sobre el altar en manos del sacerdote».
III. El Cantar de las Criaturas: Un Orden Jerárquico y Teocéntrico
El célebre Cántico del Hermano Sol no es un himno panteísta que diviniza la naturaleza; es una alabanza teocéntrica donde las criaturas son peldaños jerárquicos para elevar el alma hacia el Creador.
- Fraternidad en el señorío de Dios: Francisco llama «hermano» al sol y «hermana» a la luna porque comparten el mismo origen en la Voluntad Divina. La creación merece respeto no por un valor intrínseco e independiente de Dios, sino porque refleja Sus perfecciones y está al servicio del hombre para que este glorifique al Altísimo.
- La Hermana Muerte y el Juicio: El cántico, que muchos cortan por sentimentalismo, concluye con una advertencia escatológica y militar sobre el destino eterno del alma. Francisco no oculta el infierno; alaba a Dios por la muerte corporal, pero lanza un anatema contra el pecado mortal:
«¡Ay de aquellos que mueran en pecado mortal! Dichosos aquellos a quienes encuentre en tu santísima voluntad, pues la muerte segunda no les hará mal».
IV. San Francisco y el Islam
El viaje de San Francisco de Asís al campamento del sultán Al-Kamil en Damieta (1219), en plena Quinta Cruzada, es uno de los episodios más documentados de su vida. Sin embargo, la pretensión de convertir esta gesta en un antecedente del relativismo religioso o del sincretismo multicultural es un anacronismo histórico desmentido de forma tajante por las fuentes contemporáneas y por los propios escritos del Santo.
A. La intención original: El martirio y la conversión de las almas
Francisco de Asís no acudió al Norte de África a entablar un «diálogo interreligioso» en términos modernos (entendidos como una búsqueda de puntos comunes renunciando a la verdad dogmática), sino con un objetivo apostólico y espiritual doble:
1. La conversión del sultán y del pueblo musulmán a la fe en Jesucristo.
2. El testimonio de la fe hasta el derramamiento de sangre (el martirio).
Las crónicas de la época —como las de San Buenaventura (Legenda Maior), Tomás de Celano o las cartas del cardenal Jacobo de Vitry— atestiguan que Francisco atravesó las líneas enemigas a riesgo de su vida. Cuando fue capturado por los soldados musulmanes y conducido ante el sultán Al-Kamil, su proclama no fue de consonancia doctrinal, sino de kerigma directo y explícito:
«No he sido enviado por hombre alguno, sino por el Dios Altísimo, para mostraros a vos y a vuestro pueblo el camino de la salvación y anunciaros el Evangelio de la Verdad».
B. La prueba del fuego y el rechazo del relativismo
San Buenaventura relata que, ante la negativa de los sabios y alfaquíes del sultán a debatir la fe, San Francisco propuso una prueba de fuego para demostrar la veracidad del cristianismo sobre el islam:
- El desafío: Francisco propuso encender una gran pira e ingresar en ella junto a los sacerdotes musulmanes para que el fuego revelara cuál de las dos doctrinas poseía la verdad divina.
- Su disposición: Al retirarse los sabios del sultán por temor, Francisco se ofreció a entrar solo en la hoguera con una condición: que si resultaba ileso, el sultán y su pueblo renunciaran a Mahoma y abrazaran la fe en Cristo.
Aunque Al-Kamil no se convirtió públicamente, quedó tan profundamente conmovido por la audacia, la serenidad y la caridad del Santo que le ofreció ricos presentes (que Francisco rechazó por amor a la pobreza) y le concedió un salvoconducto para visitar con seguridad los Santos Lugares en Jerusalén.
C. Lo que enseñó en la Regla no bulada (Capítulo XVI)
En la Regla no bulada (1221), San Francisco dejó por escrito de qué dos maneras debían comportarse los hermanos que iban «entre sarracenos y otros infieles»:
1. La vía de la presencia humilde: No entablar disputas ni contiendas verbales, viviendo como siervos de Dios y confesando pacíficamente que son cristianos.
2. La vía de la predicación explícita: Predicar abiertamente la Palabra de Dios «cuando vean que agrada al Señor», llamando a los no cristianos a creer en el Dios Todopoderoso (Padre, Hijo y Espíritu Santo), a bautizarse y a hacerse cristianos.
En ningún escrito de San Francisco existe la menor insinuación de que el islam u otra religión sean caminos equivalentes o paralelos de salvación. Para el Poverello, la salvación de las almas pasa necesariamente por la fe en Jesucristo y la incorporación a la Iglesia Católica.
D. La fraternidad franciscana: Universal pero Teocéntrica
San Francisco llamaba «hermano» al sol, al lobo o al mismo sultán no porque considerara todas las doctrinas válidas, sino por dos razones teológicas muy precisas:
- El origen común en la Creación: Todos los seres humanos han sido creados por el mismo Dios Altísimo.
- La obra de la Redención: Cristo derramó su sangre por todos los hombres, y por ello el cristiano está obligado por la caridad a desear y procurar que todos los hombres conozcan la Verdad y se salven.
Cuestión de fondo: La figura de San Francisco en Damieta no muestra a un promotor del ecumenismo indiferentista, sino a un misionero intrépido. Su actitud combinó un respeto y una caridad heroica hacia la persona del sultán con una intransigencia absoluta respecto al dogma de la divinidad de Jesucristo.
Lecciones de San Francisco de Asís para el católico de hoy
- Desarmar el falso ecologismo apóstata: El mundo contemporáneo utiliza la figura deformada de San Francisco para promover un culto a la «Madre Tierra» o un naturalismo que prescinde de la Redención. El católico debe restaurar la verdad: Francisco amaba a los animales y a las plantas porque veía en ellos las huellas del Creador, pero jamás equiparó la dignidad de la naturaleza con la del alma humana, creada a imagen de Dios y rescatada por la Sangre de Cristo. La ecología franciscana es una ecología de rodillas ante el Creador, no una idolatría de la materia.
- Combatir el espíritu de comodidad con la ascesis de la pobreza: Vivimos en una sociedad ablandada por el consumo, el confort técnico y la huida sistemática de cualquier sufrimiento. San Francisco nos recuerda que el desapego de los bienes del mundo es una condición indispensable para el combate espiritual. No se puede servir a dos señores. La templanza y la pobreza voluntaria ensanchan el alma para recibir la gracia y nos mantienen vigilantes en la trinchera.
- Fidelidad inquebrantable a la Eucaristía: En épocas de confusión doctrinal y profanación fáctica del misterio sagrado, la reverencia de San Francisco por el Altar es un faro de resistencia. Ante el achabacanamiento de la liturgia y la pérdida del sentido de lo sagrado, el fiel católico debe imitar el temblor y la adoración del Santo de Asís, reconociendo que en cada Hostia consagrada se halla verdaderamente el Rey de la Gloria, oculto por amor y digno de toda nuestra reverencia y reparación.
En conclusión: San Francisco de Asís pertenece a la estirpe de los santos violentos que arrebatan el Reino de los Cielos por la fuerza de la penitencia y el amor crucificado. Su testimonio desarma toda caricatura pacifista y relativista; nos exhorta a tomar nuestra propia cruz con determinada determinación, a someternos con humildad teológica a la Esposa de Cristo y a proclamar con toda nuestra vida que solo Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre.

Nada sin Dios
¡Viva Cristo Rey!
