¡Nos han cambiado la fe! (vii)

El diestro Víctor Manuel Fernández, «El Truchi», acaba de honrarnos, en forma de rueda de prensa, enfundado en su mejor traje de luces, con una dignísima faena de defensa de sus espúreos documentos, en la que, además de proponer la existencia de un bien en las relaciones homosexuales, abominables por derecho divino y natural, ratifica que es razonable pensar que ningún alma se condena eternamente en el infierno.

«El Truchi» saltó al ruedo, e inició la faena con una elegante portagayola, afirmando que las relaciones homosexuales no alcanzan «ni de lejos» la belleza del acto conyugal entre marido y esposa. Lo cual implica que ese tipo de relaciones, insistimos, inicuas por expresa disposición divina, hay un atisbo de belleza, aunque no alcance (sólo faltaría) a la de la unión conyugal, orientada actual o potencialmente, a la procreación.

No nos perdamos, tampoco, la chicuelina con que nos obsequió el diestro cuando le preguntaron por el escepticismo de su superior en relación con la condena eterna de las almas en el infierno. Apreciemos el digno capotazo de este diestro, pluriempleado como subalterno en la cuadrilla del matador de la fe, Francisco:

«La afirmación sobre la posibilidad de la condena al infierno es, sobre todo, un culto a la libertad humana».

[…]

«Con todos los límites que tiene la libertad, ¿no será que el infierno está vacío?»

La faena, no lo negarán, estaba resultando impecable. Pues bien, veamos ahora cómo afrontó «El Truchi» el último tercio, cuando responde a quienes consideran que el Papa es un hereje traidor de la fe católica:

«Los obispos y cardenales que llaman al Papa hereje […], parece que no han hecho este juramento de fidelidad».

Así, con un brillante movimiento de rostro granítico, remata la faena hincando el estoque hasta las entrañas del ultramontanismo posmoderno, que rindió su aliento al arte del matador, sin necesidad de posterior descabello.

El diestro y toda su cuadrilla han descubierto la sopa de ajo: la dignísima naturaleza humana podría llegar a excluir los actos homosexuales de la categoría de pecado, máxime si ni siquiera podemos estar seguros de que haya alguien condenado en el infierno.

No podemos decir que no se advirtió: Pío XII, en Humani Generis (1950), n. 24, recuerda que ningún conocimiento o conclusión humana que se repute verdadero puede contradecir las verdades ya alcanzadas:

«Ninguna verdad, que la mente humana hubiese descubierto mediante una sincera investigación, puede estar en contradicción con otra verdad ya alcanzada, porque Dios la suma Verdad, creó y rige la humana inteligencia no para que cada día oponga nuevas verdades a las ya realmente adquiridas, sino para que, apartados los errores que tal vez se hayan introducido, vaya añadiendo verdades a verdades de un modo tan ordenado y orgánico como el que aparece en la constitución misma de la naturaleza de las cosas, de donde se extrae la verdad. Por ello, el cristiano, tanto filósofo como teólogo, no abraza apresurada y ligeramente las novedades que se ofrecen todos los días, sino que ha de examinarlas con la máxima diligencia y ha de someterlas a justo examen, no sea que pierda la verdad ya adquirida o la corrompa, ciertamente con grave peligro y daño aun para la fe misma».

Es, por tanto, propio de católicos, someter el intelecto y la razón a las verdades reveladas: no porque estas sean ajenas o contrarias a las primeras, sino porque dichas potencias están heridas por el pecado, y por tanto, pueden fácilmente caer en error si no son guiadas por la Revelación. Praestat fides suplementum sensum defectui.

La conclusión que se extrae, entre líneas, de la última afirmación referenciada de Tucho, es irrefutable. La fidelidad ya no es al Papa en tanto que vicario de Cristo, sino al Papa en tanto que persona revestida de poder. Ya no se debe «obedecer a Dios antes que a los hombres”; más bien, si el hombre (en este caso, el Papa) dice que lo negro pasa a ser blanco, entonces la crítica es falta de fidelidad, pero no a Cristo, sino al Papa. La referencia de la fidelidad se desplaza a la persona, y no a la doctrina que (se supone) custodia esa persona.

¿No les recuerda esto al funcionamiento de los partidos políticos y demás mafias sectarias, que responden a las críticas diciendo que solamente responden a la deslealtad y a voluntad de crear crispación?

Veamos lo que dice Santo Tomás al respecto:

«Cuando hubiese un peligro inminente para la fe, los prelados deberían ser reprendidos por los súbditos incluso públicamente. Por eso Pablo, que era súbdito de Pedro, a causa del peligro inminente de escándalo acerca de la fe, reprendió públicamente a Pedro».

(S. Th. II-II, q. 33, a. 4 ad 2.)

Por si se considera que esta afirmación es insuficiente, o que solamente aplica a los seglares, vamos a hacer un breve repaso por las afirmaciones que han formulado diversos santos y/o teólogos:

«Caietano, en la misma obra defendiendo la superioridad del Papa sobre el Concilio, dice en el cap. 27: “Por lo tanto, se debe resistir a un Papa que destruye públicamente a la Iglesia, […]».

Y Silvestre (Prierias), en la entrada Papa, § 4, pregunta: ‘¿Qué se debe hacer cuando el Papa, por sus malas costumbres, destruye la Iglesia?’, y en el § 15: ‘¿Qué ¿Qué habría que hacer si el Papa quisiera, sin razón, abrogar el Derecho Positivo?” A lo que él responde: “Ciertamente pecaría; no se le debe permitir actuar de esa manera ni debe ser obedecido en lo que es malo; pero debe ser resistido con una reprimenda cortés.

[…]

El resultado de todo esto es que si el Papa destruye la Iglesia con sus órdenes y actos, se le puede resistir y se puede impedir la ejecución de sus mandatos. …

Segunda prueba de la tesis: Por Ley Natural es lícito repeler la violencia con violencia. Ahora bien, con tales órdenes y dispensas el Papa ejerce violencia, ya que actúa contra la Ley, como hemos probado. Por tanto, es lícito resistirle.

Como observa Caietano, no afirmamos todo esto en el sentido de que alguien pueda tener competencia para juzgar al Papa o tener autoridad sobre él, sino que es lícito defenderse. En efecto, toda persona tiene derecho a resistir un acto injusto, a tratar de impedirlo y a defenderse.

Fr. Francisco de Vitora, Obras Completas, pp. 486-487, Madrid, BAC, 1960)

«Santo Padre, … puesto que Él [Cristo] le ha dado la autoridad y puesto que usted la ha aceptado, debe usar su virtud y poder. Si no desea utilizarlo, podría ser mejor para usted renunciar a lo que ha aceptado; daría más honor a Dios y salud de tu alma …. Si no lo hace, será censurado por Dios. Si yo fuera usted, temería al Juicio Divino que pueda descender sobre mí … ¡Ay, Santo Padre! A veces la obediencia a usted puede llevar a la condenación eterna».

(Santa Catalina de Siena, Carta a Gregorio XI)

«Si por Iglesia Romana entendemos a su cabeza o pontífice, es indudable que puede errar incluso en materia de fe. Esto sucede cuando enseña una herejía por un juicio propio o mediante una epístola decretal. Ciertamente, muchos romanos pontífices han sido herejes. El último fue Juan XXII († 1334).» Papa Adriano VI (Quaest. in IV Sentent.)

«Considerando la gravedad particular de esta situación y sus peligros al punto que el mismo Romano Pontífice, que como Vicario de Dios y de Nuestro Señor tiene la plena potestad en la tierra, y a todos juzga y no puede ser juzgado por nadie, si fuese encontrado desviado de la Fe, podría ser acusado. Y dado que donde surge un peligro mayor, allí más decidida debe ser la providencia para impedir que falsos profetas y otros personajes que detentan jurisdicciones seculares no tiendan lamentables lazos a las almas simples y arrastren consigo hasta la perdición innumerables pueblos confiados a su cuidado y a su gobierno  en las cosas espirituales o en las temporales; y para que no acontezca algún día  que veamos en el Lugar Santo la abominación de la desolación, predicha por el profeta Daniel; con la ayuda de Dios para Nuestro empeño pastoral, no sea que parezcamos perros mudos, ni mercenarios, o dañados los malos vinicultores, anhelamos capturar las zorras que tientan desolar la Viña del Señor y rechazar los lobos lejos del rebaño».

Bula Cum ex apostolatus officio – Pablo IV (1559)

«Así como es lícito resistir al Pontífice que agrede al cuerpo, así también es lícito resistir a aquel que agrede a las almas o destruye el orden civil o, sobre todo, trata de destruir la Iglesia. Digo que es lícito resistirle no haciendo lo que ordena e impidiendo la ejecución de su voluntad. No es lícito, sin embargo, juzgarlo, castigarlo o deponerlo».

(San Roberto Belarmino,  De Romano Pontifice, libro II, cap. 29)

«La crítica de los pronunciamientos papales será posible e incluso necesaria en la medida en que carezcan de apoyo  en la Escritura y el Credo, es decir, en la fe de toda la Iglesia».

(Joseph Ratzinger, 1972)

Desde luego, estas afirmaciones no se parecen mucho al tipo de lealtad de la que habla el Prefecto, cuyo objeto no es la verdad, y en este caso, la Verdad suprema, que es Cristo. Por el contrario, es un seguidismo abrazafarolas que, desde luego, explica en gran medida los ascensos meteóricos de algunos ejemplares de cabestro de la clerigalla cortesana.

Como se puede ver, la soberbia con que esta horda de impíos está saqueando la fe no tiene parangón alguno. Con Fiducia Supplicans y Dignitias infinita, el diablo ha vuelto a cortar las dos orejas y el rabo, y salir a hombros de los impíos. Los fieles, ¿hasta cuándo nos dejaremos torear?

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