Y por lo tanto, defender esa encíclica es un pecado mortal que condenará a las penas del infierno a curas, obispos, cardenales y hasta papas. Han pisoteado las Sagradas Escrituras, la Tradición Apostólica, el Depósito de la Fe y el sensus fidelius. Han pretendido dinamitar la moral de la Iglesia con este engendro del demonio y más tarde, con la declaración Fiducia Supplicans. Y aún más: han pisoteado y escupido sobre la sangre de nuestros mártires, que dieron su vida por defender el matrimonio conforme a la Ley de Dios: empezando por San Juan Bautista y siguiendo por Santo Tomás Moro y San Juan Fisher.
Leo en InfoVaticana:
La lista de invitados personales del Papa al encuentro del 7 al 14 de octubre, publicada este viernes por la Sala de Prensa junto al programa de los trabajos, reúne a los nombres más señalados del ala progresista de la Iglesia y deja fuera a todos los críticos de la exhortación de Francisco.
Dentro de cuatro días, cardenales y obispos de todo el mundo se sentarán con León XIV en el Vaticano para hablar de la familia a la luz de Amoris laetitia. La convocatoria oficial habla de «discernimiento sinodal» y «escucha recíproca», pero la nómina de invitados que el Papa ha añadido de su puño y letra a los participantes de oficio dice algo más preciso. Cupich, McElroy, Tobin, Cobo, Hollerich, Fernández, Tagle, David: todos los nombres que marcaron la agenda del pontificado anterior en la cuestión matrimonial están. Ninguno de los que la discutieron ha sido llamado.
La doctrina de la Iglesia frente al divorcio siempre ha sido clara.
León XIII, Encíclica Arcanum Divinae Sapientiae, n. 19, 10 de febrero de 1880:
Conducta de la Iglesia frente al divorcio
19. Hay que reconocer, por consiguiente, que la Iglesia católica, atenta siempre a defender la santidad y la perpetuidad de los matrimonios, ha servido de la mejor manera al bien común de todos los pueblos, y que se le debe no pequeña gratitud por sus públicas protestas, en el curso de los últimos cien años, contra las leyes civiles que pecaban gravemente en esta materia48; por su anatema dictado contra la detestable herejía de los protestantes acerca de los divorcios y repudios; por haber condenado de muchas maneras la separación conyugal en uso entre los griegos; por haber declarado nulos los matrimonios contraídos con la condición de disolverlos en un tiempo dado; finalmente, por haberse opuesto ya desde los primeros tiempos a las leyes imperiales que amparaban perniciosamente los divorcios y repudios. Además, cuantas veces los Sumos Pontífices resistieron a poderosos príncipes, los cuales pedían incluso con amenazas que la Iglesia ratificara los divorcios por ellos efectuados, otras tantas deben ser considerados como defensores no sólo de la integridad de la religión, sino también de la civilización de los pueblos. A este propósito, la posteridad toda verá con admiración los documentos reveladores de un espíritu invicto, dictados: por Nicolás II contra Lotario; por Urbano II y Pascual II contra Felipe I, rey de Francia; por Celestino III e Inocencio III contra Felipe II, príncipe de Francia; por Clemente VII y Paulo III contra Enrique VIII, y, finalmente, por el santo y valeroso pontífice Pío VII contra Napoleón, engreído por su prosperidad y por la magnitud de su Imperio.
Hoy, en cambio, se «celebran» los diez años de una encíclica que consagra la moral de situación y justifica a los divorciados vueltos a casar por lo civil para que puedan comulgar, como si no viviesen en pecado mortal por adulterio.
No hay nada que celebrar. ¿Celebrar el pecado mortal? ¿Celebrar la ofensa a Dios y a sus Mandamientos (leyes eternas y universales).
Celebraremos cuando se condene públicamente Amoris Laetitia y junto con ella, todos los documentos de la Iglesia infectados de modernismo (y por lo tanto de herejía).

Nada sin Dios
¡Viva Cristo Rey!
