Santa Clara de Asís

Hoy, 11 de agosto, se celebra la fiesta de Santa Clara. Recordemos a esta santa como se merece.

Santa Clara de Asís (1194-1253), la primera y más fiel seguidora de san Francisco, es una de las almas más luminosas, recias y radicales de la historia de la Iglesia. Proclamada patrona de la televisión en 1958 por el Papa Pío XII (debido a la visión mística que tuvo en su lecho de muerte, donde pudo ver y oír la Santa Misa del gallo que se celebraba a kilómetros de distancia), su figura representa el triunfo de la fe pura, la pobreza absoluta y la clausura militante.

Frente a la mentalidad del siglo, que asocia la clausura con el aislamiento o la debilidad, la teología y la vida de santa Clara demuestran que el monasterio es un campo de batalla espiritual y el Sagrario, el refugio inexpugnable de la Iglesia.

Su legado y espiritualidad se sostienen sobre tres pilares inmutables:

1. El «Privilegio de la Pobreza»: El desasimiento absoluto

Nacida en el seno de una noble y acaudalada familia de Asís, Clara lo abandonó todo la noche del Domingo de Ramos de 1212 para consagrarse a Dios. Junto a san Francisco, fundó la orden de las Hermanas Pobres (conocidas hoy como Clarisas).

Su gran batalla histórica y canónica fue la defensa del Privilegio de la Pobreza. En una época en la que los monasterios femeninos debían poseer rentas, tierras y bienes para asegurar su subsistencia material, santa Clara se plantó con santa intransigencia ante los cardenales y los papas (incluyendo a Gregorio IX e Inocencio IV) para exigir el derecho a no poseer absolutamente nada, ni en privado ni en común, viviendo exclusivamente de la Providencia:

«No os dejéis apartar de este propósito por nadie que os sugiera otra cosa, para que cumpláis vuestros votos al Altísimo en la perfección a la que el Espíritu del Señor os ha llamado».

Para Clara, la pobreza no era una mera privación material, sino el vaciamiento total del ego —el desasimiento de los sentidos del que más tarde hablaría san Juan de la Cruz— indispensable para que el alma sea inundada y deificada por la gracia de Cristo. Logró que el Papa firmara la bula que aprobaba su Regla (la primera escrita por una mujer en la Iglesia) apenas dos días antes de morir.

2. El alma como «Espejo de la Eternidad»

En sus célebres cartas a santa Inés de Praga, Clara desarrolla una bellísima teología mística basada en la contemplación de Cristo a través de la metáfora del espejo. El alma, purificada por la ascesis y la oración, debe convertirse en un reflejo limpio de la Divinidad:

«Mira diariamente este espejo, oh reina, esposa de Jesucristo, y observa en él continuamente tu rostro. Con profunda contemplación, fíjate en el principio de este espejo: la pobreza de Aquel que fue puesto en un pesebre y envuelto en pañales. En medio del espejo, considera la santa humildad y las incontables fatigas que sufrió por la salvación del género humano. Y al final del espejo, contempla la inefable caridad por la que quiso padecer en el árbol de la Cruz».

Análisis de la estructura teológica del fragmento

Si observamos la construcción del párrafo, santa Clara diseña un itinerario de ascesis y meditación en perfecta consonancia con el realismo tomista, dividiendo la vida de Nuestro Señor en tres estaciones del espejo que el alma debe asimilar:

  • El principio del espejo (El Nacimiento): Exalta la pobreza absoluta de la Encarnación. Dios se despoja de su gloria para abajarse a la condición humana en un pesebre. Es la base del «Privilegio de la Pobreza» que defendía la Santa.
  • El medio del espejo (La Vida Pública): Invita a meditar en la fatiga ordinaria, el trabajo, el cansancio del camino y la obediencia. Es la escuela de la humildad diaria para la religiosa en su clausura.
  • El final del espejo (La Pasión): Corona el itinerario con la caridad inefable del Crucificado. La Cruz es el culmen de la donación de Cristo, donde el alma debe mirarse para deificarse en el amor.

La oración para santa Clara no es un sentimentalismo psicológico o un estado de ánimo variable; es una adhesión firme del entendimiento y de la voluntad al misterio de Cristo Crucificado, uniendo de este modo la mística franciscana con el rigor conceptual de la teología moral más pura.

3. El milagro eucarístico contra los sarracenos

El episodio más glorioso y célebre de su vida describe el poder de la fe y el realismo sacramental frente a los ataques del mundo. En 1240, las tropas de soldados sarracenos al servicio del emperador Federico II sitiaron la ciudad de Asís e invadieron el convento de San Damián, amenazando la vida y la pureza de las monjas.

Santa Clara, que se encontraba gravemente enferma, no recurrió a las armas humanas ni a los pactos mundanos. Pidió que la llevaran a la puerta del convento y, armada únicamente con el Santísimo Sacramento custodiado en un ostensorio de plata y marfil, se postró ante el Altar y oró con lágrimas:

«Señor, guarda Tú a estas siervas tuyas, porque yo no las puedo guardar».

Y del Sagrario salió una voz como de niño que le dijo:

«Yo te guardaré siempre».

Clara se levantó, mostró la Sagrada Eucaristía a los asaltantes y los bárbaros, cegados por un terror sobrenatural ante la Presencia Real del Cuerpo de Cristo, huyeron despavoridos saltando los muros del convento.

El baluarte invisible de la Iglesia

Santa Clara de Asís nos enseña que las almas contemplativas que custodian el Altar desde el silencio de la clausura no están apartadas de la batalla de las dos ciudades de la que hablaba san Agustín: están en la vanguardia.

En un mundo que desprecia la mortificación, que busca rebajar las exigencias del Evangelio y que pretende convertir la fe en una mera experiencia humana o en activismo social, el testimonio de santa Clara se yergue inmutable:

La verdadera fortaleza de la Iglesia no reside en sus estructuras temporales, sino en la fidelidad total al depósito de la fe, en la pureza de las almas que viven en gracia de Dios y en la adoración rendida al Santísimo Sacramento del Altar.

A la luz de la vida recia, radical y luminosa de Santa Clara de Asís, y en perfecta consonancia con el magisterio de los grandes santos que defendieron la ortodoxia, se deducen lecciones capitales para el católico que se niega a doblar la rodilla ante el espíritu del siglo.

Lecciones de Santa Clara para los católicos de hoy

Frente a un catolicismo aguado por el sentimentalismo, el activismo puramente humano y la asimilación a los criterios de la Ciudad Terrenal, la Santa de Asís nos ofrece cuatro lecciones de santa intransigencia y realismo sobrenatural.

1. El «Privilegio de la Pobreza» como antídoto contra el aburguesamiento

La gran batalla canónica de Santa Clara ante los pontífices de su tiempo no fue por comodidad, sino por el derecho a no poseer absolutamente nada, desestabilizando la lógica humana que exige seguridades materiales.

  • La lección: Para el católico de hoy, el «Privilegio de la Pobreza» se traduce en el desasimiento del corazón respecto a las criaturas y a las modas ideológicas del mundo. El alma aburguesada, llena de comodidades, respetos humanos y apegos materiales, es incapaz de recibir la abundancia de la gracia. Como enseñaría más tarde San Juan de la Cruz, es necesario el vaciamiento total del ego y de los sentidos para que el entendimiento se adhiera a la Verdad desnuda. La fidelidad al Evangelio exige la renuncia a congraciarse con los criterios de éxito y confort que propone la sociedad laicista.

2. El alma como espejo: Una oración del entendimiento, no de la emoción

En su teología mística, Clara propone el alma como un espejo limpio que debe reflejar tres estaciones de la vida de Cristo: su Nacimiento (pobreza), su Vida Pública (humildad y fatiga) y su Pasión (caridad inefable en la Cruz).

  • La lección: Esta visión destruye por completo el experiencialismo y el subjetivismo que reducen la fe a un estado de ánimo o a un «encuentro personal» puramente emotivo.

La oración para Santa Clara es un acto formal de la inteligencia y de la voluntad que contempla dogmáticamente las verdades de la Redención. El católico actual debe huir del sentimentalismo psicológico que busca «sentir» a Dios; la vida de piedad es una adhesión firme a las verdades objetivas del Credo, conformando la propia conducta con las virtudes heroicas de Nuestro Señor, «aunque sea de noche» y en la mayor aridez sensible.

3. Realismo Eucarístico frente al activismo humanista

Ante la inminente invasión de los sarracenos en San Damián, Santa Clara no confió en estrategias políticas, en diálogos contemporizadores ni en las solas fuerzas humanas. Se presentó en la brecha armada únicamente con el Santísimo Sacramento.

  • La lección: Esta es una bofetada contra el pelagianismo práctico y el activismo social que pretenden transformar la Iglesia en una organización no gubernamental de beneficencia. La verdadera fuerza de la Iglesia no radica en sus estructuras humanas, en su capacidad de gestión ni en su sintonía con las agendas del mundo, sino en la Presencia Real de Cristo en el Altar. El católico debe recuperar el temor sagrado y la adoración rendida ante el Sagrario, defendiendo el realismo sacramental. Frente a los asaltos de la apostasía fáctica, el refugio inexpugnable es el estado de gracia, recordando que recibir la Sagrada Eucaristía sin la debida disposición (confesión previa si hay pecado mortal) es un sacrilegio que acarrea la propia condenación.

¡Hagan el favor de arrodillarse ante Jesús Sacramentado! Cristo es la Hostia Santa (no “está”: es). Nuestro Creador y Señor, Aquel que nos da la vida a cada instante, se nos da humildemente en la Hostia Consagrada. ¡Que toda rodilla se doble ante Dios!

Y, de paso, vayan vestidos decentemente a la Santa Misa. Las modas están de más ante el Señor.

4. La clausura militante: La vanguardia de la Iglesia

El mundo —y no pocos sectores eclesiales imbuidos de modernismo— desprecia la vida contemplativa y de clausura por considerarla «inútil» o ajena a los problemas reales. La vida de Clara demuestra todo lo contrario.

  • La lección: Las almas que se entregan a la oración, a la penitencia y a la custodia del Depósito de la Fe desde el silencio no están aisladas de la batalla de las dos ciudades de San Agustín: son su primera línea de defensa. Para el laico que combate en medio del mundo, esto implica comprender que lo invisible sostiene a lo visible. Ninguna obra de apostolado, ningún artículo de prensa, ninguna lección de cátedra dará fruto si no está respaldado por la oración asidua, el ayuno y la fidelidad ciega a la doctrina inmutable. La vanguardia de la Iglesia está siempre de rodillas ante el altar.

Santa Clara de Asís nos recuerda que la Iglesia es, por definición, militante. Frente a los intentos de rebajar las exigencias del Evangelio o de disolver el dogma en el historicismo, su testimonio permanece inalterable: la victoria sobre los bárbaros de cada siglo se libra con la pureza de las almas, el rigor doctrinal en la inteligencia y la fe absoluta en el poder de la Eucaristía.

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