In te, Domine, speravi

«Desde los días de Juan el Bautista hasta ahora el reino de los cielos sufre violencia y los  violentos lo arrebatan» (Mateo 11,12).

«Queridos míos, al poner todo mi empeño en escribiros acerca de nuestra común salvación, me he visto en la necesidad de hacerlo animándoos a combatir por la fe transmitida de una vez para siempre a los santos» (Judas 3).

No sin razón Viriato llegó a ser conocido como «el terror de Roma». Sexto Julio Frontino, senador y militar romano, describía así una de sus hazañas bélicas:

Viriathus, ex latrone dux Celtiberorum, cedere se Romanis equitibus simulans usque ad locum voraginosum et praealtum eos perduxit et, cum ipse per solidos ac notos sibi transitus evaderet, Romanos ignaros locorum immersosque limo cecidit.
(Viriato, que de ser un bandido se convirtió en líder de los celtíberos, en una ocasión, mientras pretendía retirarse frente a la caballería enemiga, les condujo a un lugar plagado de huecos en el suelo. Allí, mientras él cabalgaba siguiendo un camino que conocía bien, los romanos, desconocedores del terreno, se hundieron en la ciénaga y murieron).

Algo de bandido tengo y aunque no pretendo ser líder, y mucho menos rodeado de tan insignes plumas como las que conforman este portal tradicionalista que ve hoy la luz, con gusto aportaré los talentos que recibí del Altísimo para combatir a los ejércitos romanos pérfidos y orgullosos que han venido a aniquilar la fe y el alma que los ibéricos nos propusimos reconquistar de manos de los mahometanos, en una campaña que duró siglos y en la que el Señor, finalmente, tuvo a bien concedernos la victoria.

Si la invasión de nuestra tierra por los adoradores de la media luna fue casi un paseo por la complicidad de dirigentes civiles y eclesiásticos, no menos paseo fue la conquista de la fe de nuestros antepasados por parte de las hordas modernistas, que profanaron previamente la Roma eterna que era baluarte de dicha fe, para luego extender sus garras sobre todo el orbe.

Esta vez no hubo un San León Magno que impidiera la conquista rabiosa de los hunos de Atila. Al contrario, desde la Sede de San Pedro se abrieron las puertas y las ventanas de la ciudad eterna para que el ímpetu destructor del fuego de Satanás, de quien alguno solo quiso ver el humo, amenazara con dejar en nada la promesa del Señor de que las Puertas del Hades no prevalecerán contra su Iglesia. Más Dios no puede ser burlado y siempre quedarán siete mil rodillas que no se doblarán ante el Baal de la apostasía y la fe adulterada. ¿Pocas, le parecen a usted, estimado lector? Recuerde bien las palabras del Señor a Zorobabel: «No con ejército, ni con fuerza, sino con mi Espíritu, ha dicho el Señor de los ejércitos» (Zac 4,6).

Desde la absoluta indignidad que mi condición de pecador me otorga, pero con la dignidad propia del bautizado que ha sido redimido por el Salvador y busca servirle, me aferraré por gracia a la gracia de Dios y combatiré, si el Señor lo permite, a quienes han asaltado la Ciudad de Dios, a quienes se burlan de la fe que fue entregada una vez para siempre a los santos, a los criminales que asesinan almas por medio del error y el engaño, a quienes pisotean la sangre de Cristo esclavizando a los hombres con la excusa de una falsa misericordia.

Macabeos, templarios, cristeros y requetés: no es tiempo de cobardía, no es tiempo de quedarse en las tiendas. Es tiempo de combatir la buena batalla de la fe, es tiempo de martirio por la verdad. Y no dudéis que el Señor nos concederá la victoria por la intercesión de Aquella cuya victoria sobre Satanás fue profetizada desde el libro del Génesis, a Aquella que es destructora de todas las herejías.

¡Viva Cristo Rey y María Reina!

Laus Deo Virginique Matri

Viriato

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *